En España mueren por suicidio más de once personas cada día, motivo por el que el especialista en Salud Pública y Medicina Preventiva Joan Carles March (Pollença, 1960) ha publicado un libro titulado 'Más de 11 vidas'. No obstante, aclara que no quiere quedarse en la cifra y «habla de todas las vidas que quedan atravesadas por cada una de esas muertes». Una de ellas, la suya, ya que el suicidio de un compañero de trabajo le marcó profundamente.
¿Por qué hace un libro sobre el suicidio?
—Nace de una experiencia que me marcó profundamente en lo personal y en lo profesional: la muerte por suicidio de un compañero de la Escuela Andaluza de Salud Pública en el tiempo en que yo era su director. Fue un golpe inesperado, cercano, que impactó a todo el equipo. En aquel momento actuamos como supimos y como debíamos. Pero con el paso del tiempo comprendí que aquello no terminaba ahí. Que el suicidio deja una huella mucho más profunda y persistente de lo que se puede abordar en una intervención inmediata. Esa experiencia abrió en mí una necesidad de comprender mejor, de escuchar más y de mirar esta realidad desde otro lugar. A partir de ahí comenzó un recorrido de conversaciones con profesionales, supervivientes y sobrevivientes. Este libro es el resultado de ese camino: una forma de dar voz a lo que tantas veces queda silenciado y de intentar entender un fenómeno que nos atraviesa como sociedad y también como instituciones.
¿A qué se debe el título?
—Más de once vidas hace referencia a una realidad tan dura como invisible: en España, más de once personas mueren por suicidio cada día. Pero el título no quiere quedarse en la cifra. Habla de todas las vidas que quedan atravesadas por cada una de esas muertes: familias, amigos, compañeros de trabajo, equipos profesionales, comunidades enteras. El suicidio no termina en una persona. Se expande, se multiplica y deja una huella que alcanza a muchos más de los que aparecen en cualquier estadística. Por eso el título no habla solo de muertes, sino también de vidas que continúan, aunque profundamente transformadas.
¿Se debe hablar del suicidio o existe el riesgo de que anime a alguien a tomar la drástica decisión de quitarse la vida?
—No hablar del suicidio no lo evita, lo oculta. Y lo que se oculta se vuelve más difícil de prevenir. El silencio aumenta el estigma, el aislamiento y la sensación de no tener salida. El silencio mata. Hablar, cuando se hace con responsabilidad, con cuidado y sin sensacionalismo, es una forma de prevención. Lo importante no es solo hablar, sino cómo se habla: desde la escucha, desde el respeto y desde la comprensión del sufrimiento. El mensaje que sostienen muchas de las personas que aparecen en el libro es claro: hablar no incita, hablar puede salvar vidas.
¿Qué es lo que más le ha impactado de todo lo que le han contado las personas a las que ha entrevistado para escribir este libro?
—Lo que más me ha impactado es la profundidad del sufrimiento humano, pero también la enorme capacidad de reconstrucción que aparece incluso en los contextos más dolorosos. Me ha conmovido especialmente escuchar a personas que, en medio del sufrimiento más extremo, no deseaban tanto morir como dejar de sufrir. Al mismo tiempo, aparece con mucha fuerza la carga de culpa y de preguntas sin respuesta que atraviesa a las familias y a los supervivientes. El «¿y si…?» se convierte en una herida persistente, difícil de cerrar, que forma parte del propio proceso de duelo. Escuchar estas historias cambia inevitablemente la forma de mirar el suicidio: deja de ser un fenómeno abstracto o estadístico y se convierte en una realidad profundamente humana, compleja y cercana. Con el tiempo, además, algo cambia en la forma de vivirlo. No deja de doler, pero el dolor se transforma; deja de ser tan devastador como en los primeros momentos y puede volverse más soportable, más integrable en la vida, aunque nunca desaparezca del todo.
¿Qué conclusión saca?
—Que el suicidio no puede entenderse solo desde lo clínico o lo individual. Es un fenómeno complejo, profundamente social, que tiene que ver con el sufrimiento, los vínculos, la soledad y, sobre todo, con la falta de espacios donde poder ser escuchado sin juicio. También he aprendido que la prevención es posible, pero no basta con la buena voluntad. Requiere formación, recursos, coordinación entre sistemas y, especialmente, una cultura que permita hablar del malestar sin miedo, sin estigma y sin silencios que lo agraven. Y quizá lo más importante: que detrás de cada historia hay siempre una oportunidad —a veces tardía, pero real— de haber hecho algo distinto si hubiéramos sido capaces de escuchar antes y mejor.
¿Cree que ahora se suicidan más personas?
—Los datos muestran que sigue siendo un problema de enorme magnitud, que afecta a miles de personas cada año. Más que centrarse únicamente en si ha aumentado o no, lo importante es entender que hoy existe una mayor visibilidad y sensibilidad social, aunque todavía insuficiente. El reto no es solo hablar más del suicidio, sino que esa visibilidad se traduzca en acción real y sostenida. Es decir, en una respuesta social y sanitaria que esté a la altura del sufrimiento que existe. Y en ese sentido, es fundamental que las personas sepan qué hacer cuando aparecen ideas suicidas: a dónde pueden acudir, a quién pueden llamar, qué recursos existen y qué profesionales pueden acompañarlas. La prevención también pasa por algo tan básico como garantizar que la ayuda sea accesible, clara y conocida.
¿Se podrían evitar los suicidios?
—No todos los suicidios se pueden evitar, pero muchos sí. Sabemos que existen factores de riesgo, pero también factores de protección que pueden marcar una diferencia real en la vida de una persona. La escucha, la intervención temprana y el acompañamiento adecuado son herramientas poderosas cuando se ponen en marcha a tiempo. En muchos casos, lo que cambia el desenlace no es una gran intervención, sino la posibilidad de haber sido escuchado antes y de otra manera. El problema es que con demasiada frecuencia llegamos tarde, o sin los recursos y la formación necesarios. Por eso la prevención no puede ser solo reactiva ni depender de la urgencia: tiene que ser estructural, sostenida en el tiempo y basada en el cuidado real de las personas.
¿Hay alguna causa para que alguien se suicide?
—No hay una única causa. El suicidio es un fenómeno multifactorial que suele aparecer cuando se acumulan situaciones de sufrimiento intenso, desesperanza, aislamiento y pérdida de sentido o de conexión con los demás. En muchos casos intervienen también factores sociales y contextuales muy relevantes: situaciones de bullying en la infancia o adolescencia, condiciones de pobreza o precariedad, entornos laborales donde no se cuida el bienestar de las personas, o experiencias de acoso o violencia, incluido el acoso sexual o laboral. También existen contextos especialmente sensibles, como determinadas profesiones —por ejemplo en fuerzas de seguridad o en el ámbito militar— donde el acceso a un medio letal puede incrementar el riesgo si no existen apoyos adecuados. Reducirlo a una sola explicación no solo es incorrecto, sino que impide comprender su complejidad real y, sobre todo, dificulta la prevención.
¿Cómo se puede superar el suicidio de un familiar?
—No se supera en el sentido de olvidar. Se aprende a vivir con ello. Es un duelo complejo, muchas veces marcado por la culpa, la incomprensión y el silencio social. Lo más importante es no transitarlo en soledad. Hablar, compartir el dolor y encontrar espacios seguros donde poder expresarlo sin juicio es fundamental. Con el tiempo, algunas personas encuentran formas de transformar ese dolor en acompañamiento a otros, pero cada proceso es único y profundamente humano. En ese sentido, el libro también quiere ser un espacio de escucha. Un lugar donde las voces de quienes han vivido el suicidio —como familiares, supervivientes y profesionales— nos ayudan a comprender mejor este fenómeno desde dentro. No solo desde la teoría o la distancia, sino desde la experiencia vivida, que es la que realmente ilumina la complejidad del sufrimiento y la necesidad de acompañamiento.