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Tiro al aire

Alderetizados

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Estaba pensando en cuándo escribir este Tiro al aire, porque quizá lo más correcto sería esperar a que se juegue el partido, ver cómo reacciona el público o, mejor aún, enlazarlo con un gran partido de Diego en su regreso a Bintalfa. Pero al final me he dado cuenta de que da igual, porque, independientemente de lo que suceda el sábado, estamos hablando de Diego. Y sí, hay jugadores que pasan. Y hay otros que permanecen incluso cuando se van.

Diego Alderete regresa ahora a Bintalfa con otra camiseta, otra rutina, otro vestuario, pero con la misma manera de caminar por la pista, como si todavía supiera dónde cruje la madera, dónde corre más el aire y en qué rincón exacto del cristal debe lanzar para que el balón caiga en la red. Alderete llegó a la Isla en el verano de 2021, con 21 años y acompañado de su habitual sonrisa de oreja a oreja, aún sin cicatrices. Se presentó hablando de proyectos, de pasos adelante y de dejarlo todo en la pista. Y sí, como los buenos políticos, cumplió todo su programa electoral. Venía de la cantera de Estudiantes, de debutar en ACB, de aprender a caer y a levantarse en categorías que no salen en los resúmenes. Pero venía, sobre todo, a crecer y a creer: en sí mismo, en un club que soñaba muy fuerte con crecer y en una isla que todavía no sabía cuánto iba a necesitarlo.

No tardó en convertirse en algo más que un jugador. Primero fue un rebote, luego otro, después una carrera sin balón, una ayuda, una palabra en el vestuario o un gesto —seguro que hubo mil— a la grada. Hasta que, sin darse cuenta, le pusieron un nombre que no aparece en las actas: El Alcalde. El que ordena sin gritar, el que gobierna sin imponer, el que sostiene sin pedir nada a cambio. Cuatro temporadas. Un ascenso. Dos campañas en LEB Oro. Ciento treinta y tres partidos. Líder histórico del club en puntos, rebotes y valoración. Pero todo esto no es lo que lo define.

Lo define haber crecido a la vez que crecía el Hestia. Haber llegado cuando el club aún se estaba buscando y marcharse cuando por fin sabía quién era. Haber sido capitán sin disfraz, ejemplo sin pancarta, referencia sin pose. Haber hecho de Bintalfa algo, a mi modo de ver, muy parecido a su casa.

Y en medio de ese camino hubo un gesto que lo define mejor que cualquier estadística: el día del ascenso, cuando Diego jugó con el nombre de su hermano Héctor, por aquel entonces lesionado de gravedad, en la espalda. No fue un detalle, fue una declaración. Un modo de decir que el baloncesto para él es familia, herencia, una manera de compartir el peso de los sueños incluso cuando el cuerpo aprieta y el futuro asusta. Detrás de ese apellido estaban Nacho y Bárbara, mirando desde la grada cómo dos hijos se convertían, directa e indirectamente, en historia del club.

«Ha sido la mejor etapa de mi vida», dijo. Y no sonó a tópico. Sonó a despedida real, de las que duelen porque son casi imposibles de cerrar. Sigo, seguimos espero, en el fondo, Alderetizados.

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