Miguel Juan Urbano
Dentro de una semana, el día 25 de junio, se habrían cumplido 10 años desde que José Luis Sintes asumió la presidencia de la junta del CB La Salle Mahón que había dejado vacante, sorprendentemente, Paco Llull tras ocho años en el cargo.
Atrás queda, por tanto, una década atiborrada de éxito que ha acabado por devorar al máximo protagonista de esta historia hasta provocar un final amargo, una salida insospechada para quien ha llegado a ser un personaje con mayúsculas de la sociedad insular, balear incluso, durante buena parte de ese largo recorrido.
Sintes, introducido en el club en 1995 por el propio Llull junto a José Timoner, estabilizó a la entidad en su primer año en el cargo aplicando una economía de guerra, austera producto de la deuda heredada. El equipo formado por Sintes, Timoner, Oriol Humet y Pedro Martínez ofreció un rédito extraordinario. Fue aquel el despegue del nuevo presidente que a partir de entonces ganó confianza y poder en la entidad. Esa autoridad sufrió un nuevo impulso inesperado tras la prematura desaparición de José Timoner con quien compartía la dirección de una entidad emergente.
Sintes había mejorado ya su discurso inconexo de los primeros meses que poco a poco revelaba una contundencia popular producto de su personalidad volcánica. Se ganó a la directora general de Deportes, de otro color político, Joana Maria Petrus, como antes Llull lo había hecho con Servalls o Blach, y el Menorca Bàsquet inició una ascensión imparable.
Después de Martínez, que ha sido su gran consultor durante el largo mandato, trajo a Quino Salvo, con quien estableció una sociedad sensacional sustentada en una amistad fuera de la cancha que aún perdura, que supuso el primer amago de ascenso a la ACB en aquel histórico partido de Granada.
Neutralizado ya el caos económico, tras el segundo año de Quino que fue un fiasco, Sintes hizo caso a Martínez y se trajo primero a Josep Maria Izquierdo y luego a Curro Segura sólo un mes después por la renuncia del primero para embarcarse con Imbroda en el Real Madrid. Un punto de inflexión en su gestión.
Con el granadino también intimó fuera de la cancha, y con él hizo realidad la utopía del ascenso a la ACB después de haber convencido a Jaume Matas, presidente del Govern, para que diera soporte económico, a dos años vista, a un proyecto real para el salto a la primera Liga.
Sintes había llegado a la cima del estrellato. Presionó y se ganó el favor de la clase política, su conquista fundamental, y posteriormente hizo del Menorca, el club de toda la Isla, su otro gran mérito. Él era la imagen de la entidad y todos le seguían. El Govern respaldó el ascenso, y Lis hizo cuanto estuvo en su mano para que se levantara un pabellón en tres meses gracias a las instituciones. Promovió que el milagro fuera una realidad.
A partir de entonces el presidente más trascendente que ha dado la historia del deporte insular, se convirtió en un personaje popular que aparecía día sí y día también en la nueva televisión autonómica. Creció su ego y fue entonces cuando levitó, creyó que todo cuanto tocaba se convertía en oro, cuanto decía tenía justificación, y cuanto hacía era irrebatible porque él era el presidente del Menorca Bàsquet.
En el tránsito de la ACB empezó a dejar en el camino compañías otrora fundamentales que además tuvieron incidencia en la economía de la entidad (Curro Segura, Félix de Pablo, Ricard Casas y Sunil Bhardwaj).
Confió en quien no debía, se olvidó del componente modesto de la entidad que presidía y emprendió un trayecto que ya no tenía retorno.
La flor de la fortuna le acompañó durante tres años hasta que en el cuarto, la diosa le dio la espalda. Nadie de su entorno supo frenar sus decisiones erróneas, y llegó el desenlace inmerecido de un soñador encantador, como en su día le definió Jaume Matas. La historia, en todo caso, recogerá su trayectoria difícilmente repetible por más que su salida no haya sido la que había imaginado ni en sus peores pesadillas.