Dentro de su ciclo «Diàlegs amb escritores», el Ateneu de Maó se ha citado esta tarde (19.30 horas) con Javier Argüello (Santiago de Chile, 1972), ensayista y novelista que llega con «El día que inventamos la realidad», un trabajo a medio camino entre la divulgación científica, la filosofía y la reflexión que abarca desde el bing bang hasta el presente. Un viaje sobre el que conversará junto a la también escritora y editora Clara Pastor.
Si la realidad no existía y la hemos inventado es porque era necesaria. ¿Cómo se vivía antes de ella?
—Siempre construimos una realidad a partir de las ficciones que nos contamos. Creo que lo que pasó, a partir del punto que marco en el comienzo del libro, es que empezamos a diferenciar entre lo que decidíamos que era inventado y lo que no. Uno siempre construye una ficción que explica la verdad, eso lo hemos hecho desde que tuvimos el grado evolutivo de conciencia como para poder empezar a generar ficciones. Antes de eso éramos básicamente animales, respondíamos por instinto, pero cuando empezamos a poder explicarnos el mundo, empezamos a inventar diferentes realidades.
Suele decir que la diferencia entre realidad y ficción radica en que esta última sí tiene sentido. ¿Cierto?
—Efectivamente. Me surgió en un coloquio sobre el límite entre realidad y ficción en literatura. Lo dije espontáneamente: «Es muy fácil, si tiene sentido es ficción». No hay una manera de acceder de forma directa a la realidad, siempre la organizamos de alguna forma. Y al organizarla es cuando la dotamos de sentido. Si tiene algún sentido es porque alguien se ocupó de dárselo, aunque no seamos conscientes de ello.
Al final, todo nos conduce a una cuestión muy antigua, la de buscar el sentido de la vida.
—Sí, y que nos lleva directamente al tema de todos estos diálogos que últimamente estoy manteniendo con gente que trabaja en neurociencia, en inteligencia artificial y con físicos también. Cuando nos ponemos a divagar sobre estos temas, casi siempre terminamos desembocando en preguntarnos qué es la conciencia. Y una posible respuesta es eso que nos hace buscar sentido. Me preguntaron en una entrevista si el sentido es necesario para la vida, porque parece que en un momento del mundo tan jodido como el que estamos parece una especie de pijada el sentido. Y yo le decía, «Mira, para la vida no es necesario, una bacteria vive fantásticamente sin sentido. Ahora, para la experiencia humana es fundamental». Hay gente que tiene todas las necesidades completamente cubiertas y salta por la ventana por falta de sentido. Entonces, hay algo ahí que es especial para nosotros a diferencia de otras especies que pueden simplemente subsistir con conseguir alimento y proteger a sus crías. Nosotros parece que necesitáramos algo más, que es la búsqueda de este sentido, y me parece que está directamente ligado con el hecho de tener conciencia y ahí tendríamos que empezar a definir qué es conciencia.
Y la definición de conciencia podría ser...
—Bueno, uno podría pensar que hay distintos grados de conciencia. Pero le llamamos conciencia a poder preguntarnos acerca de nosotros mismos y sobre el sentido que tiene que estemos acá y podemos pensarnos existiendo. Supongo que un perro también tiene un grado de conciencia, pero no se hace estas preguntas.
Esa sería una conciencia individual, pero ¿qué ocurre con la colectiva?
—Lo que planteo en la segunda parte del libro, que no es una idea propia ni original, es qué pasa si en vez de que yo tenga conciencia lo que ocurre es que estoy participando de una conciencia. Como si eso a lo que llamo conciencia propia fuera una especie de receptor, una especie de aparato de radio que es capaz de sintonizar la conciencia que en el fondo no es mía, sino que accedo a ella.
También habla mucho sobre el sentido circular de la existencia.
—Las formas de las ficciones que generamos parten de nuestra experiencia y es como lo del huevo y la gallina: ¿La manera en que entendemos las cosas se desprende del modo en que las contamos o el modo en que las contamos se desprende de la forma en que tenemos de experimentarla? Nunca lo vamos a saber, lo que está claro es que está muy ligada a una cosa con la otra. En Occidente hemos contado un relato en el que las cosas empiezan y terminan. Hemos inventado la noción de tiempo lineal que se condice con la idea de progreso; es decir, que voy avanzando hacia algún lugar, que hoy sé más que ayer y menos que mañana, lo cual, por ejemplo, determina que los saberes de las civilizaciones antiguas sean despreciables y los de los ancianos también, porque lo bueno es lo nuevo.
¿Y en Oriente?
—En Oriente no lo han pensado de esta forma y, por lo tanto, creen más en un tiempo circular que lineal. Cuando me pongo a pensar en estas cosas tan complicadas, lo que intento hacer es reducirlas a ideas más simples para ver si así las puedo descifrar. Y lo que me pasa con esto es que, mirando alrededor, me doy cuenta de que la mayoría de las cosas son circulares; es decir, la lluvia cuando cae del cielo forma un río en la montaña que llega al mar y cuando llega al mar se evapora, vuelve a las nubes y cae del cielo. La pregunta que me hago es cuándo se nos ocurrió que el tiempo era lineal.
¿Cuál sería el siguiente paso con la realidad inventada de cara al futuro?
—Depende, si creemos en la linealidad, habría que pensar en un siguiente paso que todavía nunca ocurrió. Si creemos en circularidad, podemos volver al comienzo. Quizás nos estamos debatiendo siempre los seres humanos en torno a tres o cuatro dilemas fundamentales que básicamente pasan por cómo fue que aparecí acá en el mundo, qué tengo que hacer para darle un poco de sentido a este viaje y qué va a pasar el día que me vaya. Me parece que no salimos de esas grandes preguntas y yo creo que lo que va a pasar es la reformulación de esas cuestiones en un nuevo escenario.
La vida, en resumen, es una especie de pregunta continua.
—Y el gran misterio, para mí hablando de conciencia, es de dónde sale la pregunta. Olvídense por un segundo de la respuesta. Esto que estamos charlando vos y yo, esta voz que está preguntando cosas, que en este caso es la tuya y la que intenta responderlas, la mía… ¿De dónde sale esta voz? Pensar que un conjunto de átomos de carbono y de hidrógeno genera vida ya es suficientemente misterioso, pero que aparte esa vida de golpe se haga preguntas… ¿De dónde salió todo esto? Es algo que me inquieta profundamente.
... los seres humanos somos la hostia... y ya está, no le busques más...