O.R.P. Maó
Los números no mienten al asegurar que en los últimos doce meses los precios han bajado, ni que sea poco. Sin embargo, cuando uno se da una vuelta por el mercado puede comprobar que comer es, como mínimo, igual de caro que el año pasado.
El Índice de Precios de Consumo aumentó en mayo en Balears un 0,2 por ciento con respecto al mes anterior y la tasa interanual sigue en cifras negativas y se sitúa en el -0,7 por ciento, según informó ayer el Instituto Nacional de Estadística (INE), que señala además que en lo que va de año los precios han subido un 0,1 por ciento.
En las Islas, el IPC subió en mayo respecto al mes anterior en los grupos de vestido y calzado (2,3 por ciento), vivienda (0,1 por ciento), menaje (0,9 por ciento), transporte (0,7 por ciento) y hoteles, cafés y restaurantes (0,1 por ciento). Por el contrario, los precios cayeron de forma importante en la rúbrica de medicina (-2,4 por ciento), y de manera más moderada en alimentos y bebidas no alcohólicas (-0,5 por ciento), bebidas alcohólicas y tabaco (-0,2 por ciento), ocio y cultura (-0,3 por ciento) y comunicaciones (-0,1 por ciento).
Visto así, la cesta de la compra debería ser algo más barata. Sin embargo, la sensación de los consumidores, y así lo corroboran los propios comerciantes, es que cada día que pasa, comprar es más caro.
La insularidad se ha convertido en el principal garante de los precios. Apostar por productos autóctonos más que rebajar, mantiene el coste de los alimentos. Cierto es que existen ofertas y que hay productos cuyo precio es menor, pero en líneas generales apenas se aprecia el descenso del IPC.
Las verduras, la carne o el pescado siguen un mismo comportamiento. Lo que viene de fuera puede ser algo más barato. Los grandes mercados, donde prima la ley de la oferta y la demanda, sufren importantes fluctuaciones en cuanto a precios, lo cual puede suponer un ahorro para el consumidor.
Por el contrario, aquellos productos autóctonos, de la Isla, no cambian de precio con el paso de los años. Hay que seguir pagando al productor el mismo precio que antaño. No hacerlo significaría el abandono masivo del sector primario y el fin, por ejemplo, de los tomates menorquines, de los mejillones del puerto de Maó o de los bistecs de vaca "vermella". Asimismo, los costes de producción siguen siendo los mismos y optimizar recursos para abaratarlos, en la Isla, es complicado.
Otro cantar es el margen de beneficio que genera la diferencia de precio que se paga al productor y por el que se compra cualquier producto. Una reducción del mismo sí puede derivar en una rebaja y en un beneficio para el consumidor. Aunque, claro, los comerciantes aseguran que ya hacen todo lo posible para ajustar al máximo este diferencial.
Sea como sea, en el mercado poco ha cambiado. Por no hacerlo, ni los consumidores lo han hecho. La cesta de la compra no entiende de dificultades. Quien compraba ternera, lo sigue haciendo, aunque el cordero sea más económico. Quien necesita gambas para la paella del domingo, las compra, aunque su precio pueda sobrepasar los 40 euros el kilo. Y las lechugas no faltan en las bolsas de los clientes.
Hay crisis, sí, pero comer hay que hacerlo todos los días, cueste lo que cueste. Quizá el único indicador de que los tiempos no son todo lo buenos que se desearía sea la afluencia al mercado. Según los comerciantes el volumen de ventas se concentra durante las dos primeras semanas de mes. A partir del día 15, la gente se mira mucho más en qué gasta su dinero.