Ángeles M. Obispo Maó
No muy lejos quedan los días en que el boom del ladrillo salpicaba la pequeña geografía menorquina con edificios en construcción que brotaban como setas aquí y allá. Las vacas gordas daban abundante leche para amamantar a grandes promotores, a las pequeñas empresas ligadas al mundo de la construcción y para dar empleo a cientos de trabajadores del sector. La economía de Menorca crecía prácticamente al ritmo que lo hacía el ladrillo y el cemento, curiosamente en una Isla que tiene a gala ser reserva de la biosfera. Pero llegaron los malos tiempos. Todo lo que subió en exceso bajó irremediablemente. La burbuja inmobiliaria explotó y en su camino la onda expansiva fue dejando numerosos indemnizados. Las vacas gordas comenzaron a quedarse en los huesos y escaseó leche a repartir.
Sin duda la consecuencia más grave fueron los obreros de la construcción que terminaron haciendo cola en las oficinas del paro, muchos de los cuales han sido expulsados del sistema y, según dicen los expertos en economía, deberán reciclar su formación porque el sector tardará años en levantar cabeza y ya nada será como antes. Otros damnificados fueron las empresas ligadas al mundo de la construcción que en demasiados casos se vieron abocadas a reducir plantilla para subsistir, a decretar suspensión de pagos o incluso echar el cierre. Pero otra de las consecuencias que han quedado a la vista de todo el mundo son los edificios a medio construir. Mamotretos que en algunos casos permanecen en el limbo judicial o administrativo a la espera de la resolución de turno que se alarga en el tiempo para desesperación de quienes lo sufren. También están los edificios cuyos promotores se han quedado literalmente sin dinero para poder continuar las obras y permanecen a medio terminar, desaliñados, feos, tristones, zarrapastrosos y, algunos, con apariencia poco segura.
El desnudo esqueleto
Llama la atención el desnudo esqueleto de hormigón de un edificio que se levanta en el Polígono Industrial La Trotxa de Alaior y del que cuelga desde hace meses un llamativo cartel, "Edificio en construcción en venta". Así de simple y así de sorprendente. Su promotor ha desistido y lo vende para que alguien posiblemente con más dinero o con más ganas cubra los huesos ahora desprotegidos de este mamotreto.
En la rotonda de Monte Toro en Es Mercadal se levanta otro edificio a medio acabar. Éste, a diferencia del anterior tapa ya sus moribundos huesos con grisáceos ladrillos, un consuelo, pero visualmente sigue destrozando el paisaje en una de las zonas más transitadas de esta localidad.
En Maó, en la calle Vives Llull, junto a la carretera de acceso a Maó desde Ciutadella los hierros oxidados que rodean un edificio de ladrillo rojizo evidencian también su abandono. Un símbolo más de lo que pudo ser y se quedó en el intento para disgusto de los vecinos que a diario soportan semejante deterioro y atentado al decoro urbanístico.
Los viejos olvidados
Pero no sólo la crisis deja mamotretos moribundos repartidos por la ciudad, el más ilustre esperpento arquitectónico lo fue durante años el viejo Hospital Militar de Maó, que no hace mucho se convirtió en morada de los sin techo, y en el que -tiempo al tiempo, todo es posible-una empresa planea ubicar oficinas.
Otro símbolo del olvido constructivo en Maó es la Sínia des Muret. Sí, ese inmenso "agujero negro" cerca de los depósitos de CLH en Cala Figuera. El vaciado en el que se ocultarían los cimientos de un gran edificio con vistas al puerto ahora es un canto al despropósito y a la fealdad más absoluta aunque, pensándolo mejor, más vale este salto al vacío que otro mamotreto a medio terminar.