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Foro Menorca

Los tres ponentes del Foro

Magda Pons-Quintana explicó la trayectoria de su empresa | Gemma Andreu

Magda Pons-Quintana Palliserl Calzados Pons Quintana.
«La exportación supone hoy el 65% del volumen de negocio»

Calzados Pons Quintana nació en 1953 y hoy está en manos de la segunda generación familiar, a cargo de Santi y Magda Pons-Quintana, hijos del fundador. Es la única que mantiene actividad de las 43 que había registradas en Alaior hace poco más de medio siglo.

La adaptación del producto al mercado y a las convulsiones que generan las etapas de crisis son algunas de las claves del éxito de esta empresa, que comenzó con la fabricación de zapatos infantiles, los conocidos «chicarro». Unos compradores islandeses hicieron un importante encargo, pagado con el envío de bacalao, reminiscencias de la economía de trueque muy común en aquel tiempo.

Esa experiencia duró dos años, por lo que hubo que viajar a la Península a buscar mercado. Al mismo tiempo El corte inglés le propuso fabricar las zapatillas de niño, de señora y de hombre. Pons Quitana elaboró para ello un producto nuevo, una zapatilla de piel vuelta dos veces, que suposo una revolución comecial y el segundo gran éxito empresarial.

El tercer momento crucial para la empresa se produjo a principios de los 80, con la incorporación de la segunda generación. «Fue el momento de renovarse o morir y decidimos apostar por la moda, la calidad y la modernización del sistema de producción para así ganar competitividad», explicó.

En esas condiciones se pudo asaltar el mercado internacional, la presencia en ferias fue recibida con pedidos de gran volumen para una fábrica que necesitó entonces 120 personas en plantilla y facturar 10 millones de euros anuales. La internacionalización ha sido determinante, «hoy exportamos el 65 por ciento del volumen de negocio, estamos presentes en 50 países y actualmente nuestras prioridades están fijadas en los mecados americanos, asiático y extremo oriente» en un proceso que se gestiona «directamente desde Menorca con el escollo añadido de la insularidad».


Ferran Porto Vila l Hotelera Portblue.
«No nací para ser empresario, la vida me llevó a este mundo»

Empresario por accidente, primero, y por decidida implicación después. Así explica su trayectoria Ferran Porto Vila, del grup Porto Dolç, en el mundo de la empresa «al que la vida me llevó y me hizo empresario» obligándole a abandonar una trayectoria profesional de 12 años como abogado por otra que no le atraía inicialmente porque «para desgracia de este país, el empresariado en muchos ámbitos de nuestra sociedad no ha tenido mucho aprecio social», señaló.

Las circunstancias le llevaron a hacerse cargo de un complejo de hostelería, patrimonio familiar, en la bahía de Pollensa en estado deplorable. Era el hermano mayor y ante el dilema de vender o construir un nuevo establecimiento moderno e integrado en el paisaje optó por la segunda opción. Era el año 91, el país entraba en una crisis cíclica y se encontró con dificultades de financiación, superadas con un acuerdo con dos entidades, una de ellas la Banca March.

La gestión se realizó a través de la sociedad propietaria, obligada a multitud de funciones. «Pasados los años, no sin dudas, me conciencé de que tenía que transitar hacia una estructura mucho más profesional para poder gestionar con mayor eficiencia y sacar todo el provecho potencial al complejo», relató Porto.

Su hijo se incorporó a la estructura de un organigrama en el que el ámbito familiar queda restringido al primer nivel, «siendo el mérito profesional el que define la idoneidad para ocupar un cargo determinado», puntualizó.

Su apuesta por Menorca, a través de la adquisición del grupo S'Algar, supuso romper alguna prevención sobre climatología y conectividad, pero valoramos «el reto de recoger el testigo de trabajo, pionero y destacable, de una familia menorquina durante dos generaciones. Era una manera de dar continuidad a un proyecto que nadie mejor que otra sociedad familiar podía realizar y potenciar».


Adolfo Vilafranca l Destilerías Xoriguer.
«A partir de la tercera generación, las expectativas son muy diversas»

El gin Xoriguer es un producto artesanal, una seña de identidad que constituye uno de los principios de esta empresa familiar, hace 300 años que se elabora igual, uno de los alambiques tiene 250 años y los elementos que se utilizan y el proceso de fabricación es el mismo que entonces. «Nuestro reto actual es equilibrar esa tradición con el concepto moderno de consumo», dijo Vilafranca, consciente del valor simbólico incluso del gin que, junto con el queso Mahón-Menorca, son los más representativos de la industria agroalimentaria de Menorca.

El mayor volumen de venta y consumo también está en la Isla, cuanto más se aleja más se pierde el conocimiento y la posición de la marca, posicionarla en el mercado nacional es un objetivo a corto plazo, antes de buscar la proyección internacional.

La empresa nació en 1945 y actualmente pertenece a la tercera generación, heredera de Miguel Pons Justo. Es la última ginebra menorquina que llegó al mercado durante el siglo pasado, «aunque era la más perfeccionada y profesional», la marca proviene del apodo de la familia, propietaria del molino Xoriguer, ubicado en el Camí d'en Guixò, según los breves apuntes de la historia repasados por el actual responsable de la empresa. Asumió la función al estar casado con una nieta del fundador, «y la línea emprendida ha sido la separación de los ámbitos familiar y empresarial porque durante la tercera generación las expectativas de cada uno son muy diversas», argumentó.

El gran espaldarazo al consumo del gin está fundamentado en su vinculación a las fiestas patronales, de hecho, el Xoriguer se presentó por primera en las de Sant Joan, y las variaciones de combinación que van surgiendo con soda y limonada, -los productos más a mano en aquellos años- amplían al público femenino el consumidor potencial.

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