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Menorquines viajeros

Nina González Pons: «En Camerún te apañas con lo que tienes»

La pediatra menorquina acaba de regresar de África, donde es voluntaria de la Fundación Hospital Mayo Rey

Pacientes. Nina sostiene a una de las gemelas prematuras a las que ayudó a sobrevivir

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Lugar y año de nacimiento

— Es Castell, 5 de noviembre de 1984.

Formación académica

— Médico pediatra y especializada en cardiología infantil. Vivió 15 años en Barcelona, el tiempo que duró su formación, y volvió en 2016 para ejercer en Menorca.

Ocupación actual

— Trabaja en el Hospital Mateu Orfila.

Viajó a..

— Lamidato de Rey Bouba, Camerún.

Su sueño es...

— Volver a Menorca era uno, ayudar en África otro. Los sueños se van cumpliendo.

Tres campañas:

— Empezó como voluntaria en febrero de 2018 y ya va por la tercera campaña. El primer año realizó 108 consultas, el segundo 159 y este año 183. Rey Bouba está a 80 kilómetros del Chad y a más de 15 horas en coche de la capital de Camerún, Yaundé.

Casi tres años le costó hacer realidad su vocación de ayudar en el continente africano, desde que en 2014 conoció a una compañera que había colaborado con la Fundación Hospital Mayo Rey, hasta que ella se pudo enrolar en el proyecto y viajar a Camerún. Pero Nina González Pons es perseverante, no puede ser de otra manera cuando su carrera profesional, incluida especialidad y máster, le llevó 15 años de estudio, trabajo y formación. Ahora, a sus 35, esta pediatra cuenta entusiasmada su implicación con la fundación burgalesa (creada en 2008 y que en 2010 abrió un hospital en el Lamidato de Rey Bouba) que le ha permitido afrontar un reto profesional y personal de los que marcan. «Mi implicación es total», asegura.

¿Qué le impulsó a trabajar como voluntaria?

—Yo siempre había querido hacer algo así, no sabía con quién, o cómo acceder o dónde ir, aunque desde el principio me gustaba la idea de ir a África. Tenía claro que en algún momento de mi vida quería hacerlo, ayudar, y lo conseguí cuando laboral y personalmente fue posible. Mi primera experiencia fue en febrero de 2018, cogiendo una parte de mis vacaciones y un permiso sin sueldo. En 2019 y 2020 he vuelto a pedir permisos no retribuidos y me los han concedido. Agradezco que mis compañeros me han ayudado en eso, porque tienen que cubrir mis guardias, y también a la gerencia.

Ha tenido apoyo para poder vivir esta experiencia.

—Sí, tanto del jefe de pediatría, el doctor Gabriel Moreno, y de mis compañeros como de la gerencia del Área de Salud. Son tres semanas que te vas y todo el mundo, aunque ellos no vengan, de algún modo también está colaborando en este voluntariado porque si no, no sería posible.

¿Cuándo viajó por última vez a Camerún?

—Se organizan campañas de tres semanas de voluntariado, durante la época seca, que va desde octubre a mayo aproximadamente. En época de lluvia no se puede ir porque la zona es inaccesible, son pistas de tierra. En esta última campaña estuve el pasado febrero.

Es un trayecto complicado...

—Vamos en avión desde París o Bruselas hasta la capital, Yaundé, allí hacemos noche y luego cogemos un tren que tarda 14 horas hasta llegar a Ngaoundéré, al norte. Después en coche aún quedan otras seis horas hasta el pueblo de Rey Bouba. Son dos días y medio de viaje para tres semanas de trabajo, aunque eso sí, estás todo el día activo, tres semanas es suficiente porque es intenso.

¿Ustedes se sufragan todo?

—Sí, nos pagamos el viaje. Es importante comentarlo y diferenciar el hecho de ser voluntario y no cooperante; los cooperantes están un poco retribuidos, aunque sea mínimamente. Nosotros, por ejemplo aquí, cuando pernoctamos no vamos nunca a hoteles, vamos a procuras de misiones cristianas. La fundación es aconfesional pero se apoya en estas misiones.

Los misioneros fueron precursores del voluntariado...

—Absolutamente, en África han jugado y juegan un papel muy importante.

¿Cómo es el norte del país?

—Es una región muy pobre, su economía es de subsistencia, se basa en la ganadería y la agricultura, no hay hambruna excesiva pero viven justos, puede haber algún día que la gente no coma, su preocupación es esa, el día a día. No hay luz ni agua corriente en las casas, en el pueblo tienen alumbrado rudimentario en las calles y el agua hay que ir a buscarla y bombearla del pozo. El hospital sí tiene instalación eléctrica y agua corriente pero la tenemos que potabilizar. Nosotros no podemos beber el agua de la fuente, ni siquiera podemos lavarnos con ella los dientes, por el riesgo de parásitos intestinales.

¿Qué enfermedades son más comunes en la zona?

—El paludismo o malaria, que se transmite con la picadura del mosquito Anopheles, es muy grave en África. Muchos de los ingresos que tenemos en el hospital son por paludismo, produce anemias graves, fiebres, y puede llegar a producir el paludismo cerebral que da convulsiones, puedes quedar en coma e incluso morir. Hay que protegerse con mosquiteras, repelentes, profilaxis oral diaria para evitar el contagio.

¿Cómo vivió su primera experiencia de ejercer su profesión en ese entorno?

—Fue muy emocionante y chocante a la vez. Todo era nuevo, yo nunca había hecho algo así. Es bonito ayudar, ves otra realidad en el mismo planeta en el que tú vives, según la suerte que hayas tenido al nacer, te das cuenta de la injusticia; aunque hayas leído, o lo hayas visto en películas o en la televisión, no es igual. A veces si no lo conoces, te equivocas juzgando.

¿Cómo vive la gente que ha conocido?

— Su manera de vivir es básica, totalmente austera, entre ellos también hay clases, gente más o menos desfavorecida, y en general, no diré que son tristes porque tienen momentos alegres y de risas, pero sus ojos reflejan que tienen una vida dura, una mirada yo diría que de resiliencia, son fuertes y estoicos. La mortalidad infantil es alta, el 90 por ciento es musulmán pero se llevan bien con la minoría cristiana. No he visto conflicto religioso aunque no se mezclen mucho.

¿Qué problemas médicos se ha encontrado?

—Cada año hay experiencias diferentes, el primero fue muy duro, un choque entre la medicina que practicas aquí y la de allí. En Camerún con lo que tienes te has de apañar, has de poner en marcha tu habilidad médica y es un reto emocionante, profesional y personal. En esta campaña de 2020 hemos hecho 868 consultas en total, 183 de pediatría de las cuales diez fueron hospitalizaciones y tuvimos un fallecimiento. También se practicaron más de 40 intervenciones quirúrgicas. Lo peor es que se te mueran niños por enfermedades que se pueden evitar y que tienen tratamiento. Las consultas son variadas, muchas por paludismo, parásitos intestinales y neumonías graves.

¿Cómo cree que afectará la pandemia de coronavirus en el continente africano?

—Está por ver cómo evoluciona la pandemia pero creo que África tiene otros problemas graves, el ébola por ejemplo fue más grave. Son supervivientes, espero que no les afecte pero no sé cómo acabará. (África es a día de hoy la región del planeta con menos contagios de SARS-CoV-2, pero la pediatra apunta que puede deberse a los escasos recursos sanitarios y la falta de registros, «el sistema sanitario en Camerún es rudimentario comparado con nuestra sanidad pública», señala).

¿Recuerda con especial cariño algún caso concreto?

—Esta vez me vio en el mercado una madre que tuvo gemelas prematuras y vino a saludarme con ellas, feliz. Fue un caso difícil del año pasado. Las niñas nacieron prematuras, de 32 semanas, y pesaban solo 1 kilogramo y medio. Aquí hubieran estado en una unidad de neonatos en Son Espases y en incubadora, pero allí utilizamos el método canguro, la mamá les hace de incubadora; las ayudamos a alimentarse con una sonda y conseguimos salvarla. Propusimos a la madre que se quedara en el hospital, la familia aceptó, y con trabajo diario de extracción de leche y estimulación las dos ganaron peso. Este año me ha venido a ver con las dos bebés en brazos. Para mí eso fue una de las cosas más emocionantes que he vivido.

¿Cuál es su nivel de implicación con el proyecto, piensa volver a Camerún?

—Estoy muy comprometida con la Fundación Hospital Mayo Rey y sí, voy a volver. Soy amiga de la fundación y cualquiera puede ser amigo y realizar una donación (su web es www.fundacionmayorey.org). Logré una subvención de la Fundación ASMAR-Catalina Mercadal para atención dental. Es una fundación pequeña, local, tenemos un gran compañerismo, es como tu familia. Y tengo que decir que la mayoría son mujeres voluntarias, muchas jubiladas, madres, que entregan sus horas, algunas mayores (la cirujana tiene 68 años, la anestesista 73) con sus patologías, y viajan y trabajan mucho.

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