Veinte días de enero en África, como voluntaria en Jambiani (Tanzania), han sido suficientes para que una joven menorquina, Lydia Álvarez Riera, viva una de esas experiencias que transforman la vida e impactan en la evolución personal. Esta estudiante de Administración y Dirección de Empresas (ADE), originaria de Fornells, tenía clara, incluso antes de iniciar la carrera, su vocación solidaria y el interés por realizar un voluntariado. «Me han educado así, en los valores de que tenemos que pensar en los demás y ayudar», asegura tras su regreso del primer viaje sola y alejada de su familia en el país africano.
Lydia se ha estrenado en un lugar con gran atractivo turístico: Jambiani es un pueblo costero al sureste de Zanzíbar, la isla cercana a la costa de Tanzania, famosa por sus playas de arena blanca y agua cristalina. Un destino turístico al alza, sin embargo, la joven estudiante recorrió los arenales para recoger plásticos en sus tardes libres, después de cumplir con su horario de profesora voluntaria de inglés en una escuela local, enseñando a niños de cinco a siete años.
«Las playas son impresionantes pero en cuanto entras hacia el interior hay montañas de plástico, sin control o reciclaje, por eso uno de los monitores locales organizaba charlas y salidas para recoger plásticos por la aldea o la playa», explica, «a los adultos no les interesa pero los niños se ilusionan», y poco a poco va calando el mensaje medioambiental en los pequeños, que también eran sus alumnos. Para poder comunicarse con los niños y niñas y hacer las clases un poco más divertidas tuvo que aprender nociones básicas de lengua suajili. Lydia pudo apreciar que, pese a existir colegios en la zona no todos los niños estaban escolarizados, «muchos están por la calle», y constató que sus alumnos compensaban la falta de disciplina con cariño y entusiasmo hacia sus profesoras extranjeras.
El voluntariado en sí requería trabajo matinal pero Lydia y otras compañeras también dedicaban sus tardes libres a proyectos locales, como la limpieza y recogida de plásticos de la costa y las zonas próximas, o la construcción de una cocina para una de las mujeres de la aldea que la había perdido. En realidad, una construcción muy básica, un recinto delimitado con ladrillos «y un tejado de chapa», explica, que está fuera de las casas, también muy humildes y habitadas por numerosos miembros de una familia, y que las voluntarias pudieron habilitar en poco tiempo.
Lydia anima a cualquier joven que desee vivir esta experiencia a seguir sus pasos. «Es algo muy positivo, estamos tan cómodos que no valoramos lo que tenemos, allí tener luz y poder ducharte era lo mejor que te podía pasar», explica, «todos lo sabemos por las noticias pero hasta que no lo ves y creas un vínculo con la gente local no te das cuenta, el trabajo de voluntaria te abre los ojos», asegura.
manu menorcaAmb aquest home....es tema religió no falla