Sistemas dunares acordonados llenos de tampones, compresas y papeles de váter. Ropa tendida tapando carteles de sensibilización ambiental. Basura por doquier. Bares flotantes ilegales a pocos metros de la orilla. Gente pisando zonas prohibidas para hacerse selfies. Altavoces con la música a todo trapo. Visitantes que tratan de llevarse arcilla pasando olímpicamente de los paneles informativos. Vendedores ambulantes de fruta y mojitos haciendo marketing a todo volumen. Turistas remojándose los pies en balsas temporales protegidas, barcos a motor llegando a la arena por donde quieren...
Son solo algunos ejemplos de las observaciones plasmadas en las fichas del trabajo de campo del informe «Uso de las playas de la Reserva de Biosfera 2025». El panorama que se describe en el apartado de incidencias, más allá de la saturación de los arenales, alumbra la cara oculta de las joyas de la corona del destino menorquín en pleno verano, un retrato muy alejado de las postales idílicas que se venden en las ferias turísticas. Constituye a su vez un serio toque de atención para los responsables de la gestión de ecosistemas tan sensibles ambientalmente como son las calas.
El golpe de realidad es duro. Muestra a las claras el descontrol que impera en las playas de la Reserva de Biosfera, por otra parte, nada que cualquier residente no haya podido comprobar alguna vez, si se ha animado a visitar las calas más afamadas en la punta de la temporada turística.
Para los que prefieren no moverse de casa, las redes sociales ya vienen denunciando este tipo de situaciones en la última década, cuando los rincones de la costa insular han visto incrementar la presión humana de forma muy sustancial. Este tipo de informes están ahora en cuestión con la llegada de los sensores que contarán visitantes, tecnología que, por el momento, no va a poder competir con la percepción humana sobre la arena.
Actitudes incívicas
La relación de actitudes incívicas con la que arranca esa información es obviamente un compendio de incidencias detectadas en diferentes playas a lo largo de los diferentes días y franjas horarias en que los autores del trabajo de campo han visitado las calas menorquinas.
Que se sepa, no ocurre todo a la vez en una misma playa. Mejor dejar claro ese extremo, así como que todo ello no impide que, en una encuesta realizada sobre la arena, los bañistas ensalzan el «entorno natural» como el aspecto que más valoran de Menorca, seguido precisamente de su producto de «sol y playa». El desconocimiento de la figura de la Reserva de Biosfera, no obstante, es mayoritario entre los usuarios no residentes.
Uno de los aspectos más denunciados por los autores del estudio es el frecuente caso omiso que se hace de las zonas acordonadas, ya sea para acortar el camino, hacerse fotografías, desahogar necesidades básicas o ponerse a refugio del sol.
Entre los comportamientos más comunes, sobre todo en playas de difícil acceso, está la venta ambulante (descrita en una decena de arenales), llegando a registrarse la presencia de pequeñas embarcaciones que se acercan a la orilla para ejercer de bares flotantes. El informe concluye llamando a la creación de nuevas figuras de gestión centralizada de las playas, puntos de información e implicación del sector privado en la concienciación. El objetivo: evitar la degradación del gran atractivo turístico de la Isla.