Durante el siglo XIX fueron muchos los menorquines que emprendieron su viaje hacia América en busca de nuevas oportunidades. Argentina se convirtió en uno de los principales destinos para quienes dejaban atrás la Isla, azotada por una grave crisis económica, con la esperanza de prosperar. Para gran parte de ellos ese adiós fue definitivo. Más de un siglo después, estas historias siguen vivas en algunos descendientes de aquellos emigrantes que tratan de reconstruir sus orígenes.
Este es el caso de Carla Pons, una argentina que ha decidido cruzar el océano, junto a su pareja, para seguir el rastro de sus tatarabuelos menorquines que hace más de 100 años viajaron a Argentina sin regresar jamás. Su búsqueda documentada ahora en un vídeo de Youtube comenzó entre archivos, censos y registros antiguos. Allí aparecieron los nombres que marcan el rumbo de su viaje: Lorenzo Pons Sintes, su tatarabuelo y Francisco Pons, su bisabuelo. Además de la casa situada en el número 122 de S’Arraval, donde el primero se casó y ambos vivieron, antes de partir hacia América.
Con esos datos, y una mezcla de ilusión y expectativas, Carla llegó a Menorca dispuesta a encontrarse con una parte de sí misma. Pero lo que le sorprendió fue la cantidad de menorquines que comparten su apellido. «Es como buscar un González en Argentina», comentaba asombrada. Aún así, ni ella ni su pareja se rindieron en su objetivo.
Recorrieron la calle S’Arraval, atentos a cualquier pista que pudiera acercarles a su pasado. También preguntaron a diferentes vecinos pero ninguno les contestó lo que esperaban. «Cada dato abría una puerta más», explica su pareja.
Tampoco tuvieron éxito en la ferretería F. Pons, situada en la misma calle. Entraron con la esperanza de hallar algún vínculo inesperado pero el dueño del negocio les explicó que había «más de doscientos Pons por esta barriada».
Pero, a pesar de todas estas dificultades y de no hallar todas las respuestas, lograron algo que no esperaban cuando emprendieron este camino: entrar en el domicilio de S’Arraval que, quizás, formó parte de su historia familiar. El propietario, aunque no pudo darles más información de la que ya conocían, les abrió la puerta para que pudieran visitarla. Este gesto tan sencillo, aunque no confirmó si era exactamente el domicilio de su familia, permitió a Carla conectar con su identidad de una forma profunda: «Era como estar ahí cerca y tocar todo».
Aunque no pudo reconstruir la historia completa de sus antecesores, la joven asegura que su viaje no ha sido en vano; se marcha sabiendo que una parte de ella perteneció a Menorca, un lugar, que ya no es desconocido y al que siempre podrá volver.
Una de las cosas importantes de la vida, saber de donde venimos. Quienes tenemos antepasados en lugares lejanos o incluso países tenemos esa cosa en el interior que en algún momento de nuestra existencia nos empuja a buscar respuestas, a buscar recuerdos, a unir piezas de un puzzle difícil. Carla Pons ya tiene mucho hecho y eso da mucha paz interior.