El Observatori Socioambiental de Menorca (Obsam) atribuye el retroceso en los objetivos de reducción de emisiones de dióxido de carbono al incremento de población y el constante aumento de los flujos turísticos. «Cada vez somos más gente y eso se nota en el consumo de energía y en el empeoramiento de nuestra huella de carbono», explica el director del programa de monitorización del Institut Menorquí d’Estudis (IME), David Carreras, que señala al tipo de combustible que se quema en la central de Maó como uno de los grandes factores que más limita la consecución de los desafíos en el camino hacia la descarbonización del sistema insular.
«Sería muy importante hacer la transformación hacia una central térmica que funciones con gas natural y no con gasóleo como se hizo en Eivissa», argumenta, en alusión al frustrado proyecto que se presentó para cambiar el combustible con el que funcionan los ocho grupos de generación de la planta menorquina de Endesa. Ese proyecto, que fue presentado con todos los honores en 2019 y que iba a permitir reducir las emisiones de CO2 en cerca de un 30 por ciento.
Ese proyecto quedó aparcado en un cajón y a día de hoy se da por descartado, mientras la central sigue siendo un elemento imprescindible –y altamente contaminante– en un sistema eléctrico que adolece de una red de transporte insuficiente para dar salida a la producción renovable. La entrada en funcionamiento de las baterías de Es Mercadal, prevista para el inicio de 2027, y la llegada del segundo cable, más allá de 2030, están llamados a reducir la dependencia de la térmica.
Lo que habrá tenido que estudiar para decir eso. ¡Menudo genio!