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Percepción desde los sentidos

Takeshi Motomiya comparte su mundo interior en Encant. Una oda de equilibrio por la esperanza

Raquel Marqués
Maó

El mismo equilibro, la misma pureza y la armonía propia de quien refleja su interior resolla su arte. Takeshi Motomiya (Tokio, 1959) comparte en la galería Encant de Maó el vivir existencial con mayúsculas. O al menos aquel que habita lejos de la superficialidad y que debería ejercer supremacía ante el caos de la sociedad actual. Así las cosas, el japonés despierta los sentidos con una oda por la esperanza.

No presentaba su obra en la Isla desde principios de 2000. Ahora regresa con una selección a caballo entre el hecho figurativo y la abstracción. "Mis cuadros son el resultado de lo que siento, utilizo una u otra corriente a instancias de lo que deseo transmitir, sin pensar, todo surge del subconsciente", advierte. La propuesta de Motomiya abarca pinturas trabajadas en el último año, 2008 y 2006. Todas ellas unidas por la belleza de quien expresa su sentir más íntimo. La mitología, las formas primitivas del arte rupestre e incluso fragmentos bíblicos, inspiran su creación pictórica de la esencia de la vida. Técnicamente no cabe duda de que los pigmentos naturales son su fuerte. Con éstos teje y desteje texturas que domina y para lo que se sirve de la fuerza de la naturaleza. "Infinito", "Lete, río del olvido", "Las esperanzas se encadenan", "Meditación", "Revestios del nuevo", "No levantaré mi cabeza", "IV Amor" o "Singing man" son ejemplos de su predilección por lo matérico. Construye sobre madera y pule los relieves manejando a su antojo el polvo de mármol y el testimonio de la pintura tradicional japonesa.

Graduado en la Tama Art University de Japón, Motomiya comienza como grabador. Con residencia en Barcelona, regenta junto a otro socio el taller estudio desde el que trabajan para Antoni Tàpies. Es, hace 25 años, a su llegada a la Ciudad Condal cuando decide encauzar su carrera como pintor. Disciplinado y constante, dice preparar la base de cada obra "sin saber lo que va a salir", aunque lo atávico y la simetría de sus formas le pueden. Por fortuna para el espectador, Motomiya se deja llevar y sólo así fluye el verdadero cometido del arte.

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