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El drama humano de la ruta migratoria Colombia-Panamá

El fotógrafo menorquín Emilio C. Colero acompaña a los migrantes en su ruta

En la época seca. La ruta a través de la selva del Darién es menos dura cuando no está embarrada por la lluvia | Emilio C. Colero

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Son las siete de la mañana y hay  un silencio extraño y rostros de preocupación en los  migrantes agrupados al pie de la loma  que nos llevará hoy a cruzar la frontera de Panamá.

Todos saben, por relatos de otras personas que ya lo vivieron, de la dureza del recorrido y de sus peligros (atracos, accidentes, enfermedad, fallecimientos), pero la determinación es fuerte y quieren, necesitan, conseguir su objetivo. Con sus mochilas, bolsas de plástico llenas de lo poco que les queda de su vida pasada, con los niños en brazos, llevando bidones de agua potable, esperan pacientemente la orden de marcha de los guías.

En la selva del Darién

Estamos en la selva del Darién, una extensa zona de bosque tropical que se encuentra en el departamento del Chocó, en la frontera entre Panamá y Colombia, en América Central y del Sur. Es una de las zonas de mayor biodiversidad en el mundo, con una gran variedad de especies animales y vegetales. Considerada como una de las últimas áreas vírgenes de bosque tropical húmedo en el continente americano, y es el hogar de numerosas especies de mamíferos, aves, reptiles, anfibios e insectos. Además, también es el hogar de comunidades indígenas que han vivido allí durante siglos, pero, controlado por el Clan del Golfo, también llamado Autodefensas Gaitanistas, grupo armado, paramilitar narcotraficante que continúa participando en el conflicto interno de Colombia que dura ya  más de medio siglo y con más de 9 millones de víctimas.

Los migrantes

Aunque ahora  es una ruta de paso muy peligrosa, utilizada  principalmente por los migrantes que huyen de la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades en sus países de origen, que buscan y esperan encontrar, una vida digna en Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, debido a la política de inmigración de Estados Unidos, que ha aumentado las restricciones en la frontera y ha reducido el cupo de visas disponibles, muchos migrantes han optado por esta ruta peligrosa e incierta para llegar a su destino.

Hemos pasado la  noche anterior,  tranquila en el campamento improvisado al pie de la loma, intentando descansar para la dura jornada de 10 horas de marcha que nos espera hoy. Por seguridad para esos migrantes, obviaré algunos nombres y lugares. Pocos desean verse reflejados en fotografías, es comprensible y lo respeto.

En el albergue de Capurganá, esperando la salida, con una vida a hombros | Emilio Chamizo

Es un paso más para todos ellos en su camino a los Estados Unidos y Canadá, aunque aún les quedarán 7 países por atravesar y varias semanas para llegar a su destino incierto.

Hace tres días que muchos iniciaron desde Necoclí la travesía del Darién, pero muchos llevan varias semanas y hasta meses, de viaje para llegar hasta aquí. Bengalíes, nepalís, ecuatorianos, venezolanos, brasileños y sobre todo haitianos que huyen del horror de su país, son los integrantes de este heterogéneo grupo al que acompaño.

Las historias y vivencias que me fueron contando por el camino son tristes y duras pero demuestran la fuerza de voluntad de esas personas que dejaron todo en sus países de origen para buscar una vida  mejor. Pero no caben en esta pequeña crónica.

Empecemos por el principio…

El recorrido habitual de los migrantes comienza en Necoclí donde en unas barcas motoras, atraviesan el golfo de Urabá  hasta Capurganá, pequeño pueblo («corregimiento» le dicen allí) turístico, donde la Junta de acción Comunal que dirige Darwin García alias Maradona (lo lleva tatuado en el brazo), construyó un albergue donde van llegando los migrantes y  pueden descansar unas horas y comer algo, si lo pueden pagar,   hasta comenzar su largo recorrido. Allí, les proponen unos «guías» para llevarles con seguridad hasta la frontera panameña. Evidentemente, eso no es gratis, les cobran 150 dólares por persona, lo que es un buen negocio para ese pequeño pueblo al borde de la costa caribeña. Darwin me comentó que lo hacen sobre todo por humanidad y que es la principal fuente de ingresos de los jóvenes de Capurganá. También ayudan a los migrantes (cobrando) con sus mochilas cuando las fuerzas flaquean. Con el visto bueno del Clan del Golfo, la Familia, le dicen, los migrantes están seguros por lo menos en la parte colombiana del trayecto. Por mi parte, con la autorización de Darwin pude acompañar a los migrantes.

No solo llegan a Capurganá migrantes con pocos recursos, también he visto llegar al muelle, barcas enteras de ciudadanos chinos, en una especie de travesía del Darién de primera clase, que se alojaban en pequeños hoteles de la localidad y por la noche eran transportados discretamente,  por mar directamente hasta la localidad de Carreto ya en Panamá. Sorprendente...

Un riesgo muy real

Pero volviendo a los migrantes con menos recursos, los que hacen la travesía a pie, es en la parte panameña  donde se producen la mayor parte de los problemas o mejor dicho, se producían, pues hace unos meses asesinaron al líder comunal Fredy Pestana Herrera que controlaba la ruta por Acandí y ahora se emplea una ruta diferente, más larga y  más segura.  Los guías colombianos, para no ser acusados de tráfico de personas, se han puesto de acuerdo con los indígenas Kuna panameños para guiar los migrantes desde la frontera hasta el centro de recepción de los migrantes en Metetí (Estación Migratoria San Vicente). La violencia es real y yo mismo he sido testigo de la entrega, en el muelle de Capurganá, por parte de la Policía Panameña a las autoridades colombianas, de un peligroso delincuente que actuaba con mucha violencia hacia los migrantes en  territorio de Panamá. Hay que tener en cuenta que cada migrante se gasta de media más de 500 dólares americanos solo para cruzar el Darién. Este año van a cruzar unas 250.000 personas.   Si hacéis una simple multiplicación, os sale la cantidad de 125 millones de dólares. Creo que vamos entendiendo.

Cuando comenzamos la subida a la loma, nos dice el guía que vamos retrasados y que algunos no llegaran hoy antes del anochecer a Armila, nuestro destino de hoy y que los que se retrasen se tendrán que arreglar solos y pasar la noche en la selva con los peligros que conlleva. El grupo se apresura y hora y media más tarde llegamos, penosamente, en una larga fila a la frontera panameña señalada por un   pequeño monolito en medio de la selva. Por fin escucho los primeros gritos de júbilo y alegría de los migrantes, por haber cruzado una frontera más y los rostros, pese al cansancio, muestran sonrisas y alegría.

Vea aquí la galería de fotos

Descansamos y cuando llegan los guías panameños, iniciamos la empinada bajada que nos lleva hacía el valle del río Armila. Es temporada seca y sigue siendo difícil. No quiero imaginar, la temporada de lluvias con los ríos crecidos y el barro.

Seguimos avanzando y cruzamos varios ríos, el grupo se va estirando, las horas pasan   y como dijo el guía, algunos tendrán que pasar la noche en la selva. Seguimos una trocha (senda) que va más o menos siguiendo el curso del río Armila hasta que al atardecer llegamos, extenuados a la localidad del mismo nombre, otra vez en la costa caribeña. Allí los migrantes instalaron sus tiendas de campaña en el entorno del albergue.

Yo me quedo en un lugar discreto, ya que me encontraba en Panamá de manera ilegal, sin haber pasado por un puesto fronterizo y tengo que regresar a la mañana siguiente por el mismo camino hasta Capurganá. Esa es otra historia y ya la contaré en otro momento.

Les deseo mucha suerte

A los migrantes (Paul, Rose, Jefferson, Marie, Jocelyn, Etienne, Joshue, Fabienne,    Baptiste...) aún les quedan como mínimo 2 o 3 largos días para llegar a la Estación Migratoria de San Vicente… Muchos días y semanas  más para alcanzar su destino. Les deseo mucha suerte.

emiliochamizo@gmail.com

El apunte

Un capítulo más del proyecto «Azar» de Emilio Chamizo

Emilio Chamizo Colero (Piedras Blancas, Asturias, 1958) ha cubierto la ruta del Darién acompañando a un numeroso grupo de migrantes. Reside en Menorca, donde llegó en 1985 y aquí se quedó a vivir a partir de 2002. En las últimas dos décadas ha realizado reportajes por todo el mundo, con el denominador común de mostrar el reto que plantea la vida a personas en situaciones adversas. El peso para esas personas del «Azar», el nombre que lleva su proyecto, que ha permitido reportajes impresionantes, como los publicados en «Es Diari» sobre Líbano, Mali, Etiopía, Odesa y Bangladesh.

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