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La sala de las sagas

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En los ya lejanos veranos de mi infancia y primera juventud, lo primero que veía al despertar y abrir la ventana era la Illa del Rei, aureolada por el poderoso sol del amanecer. Muchos días nos dábamos el primer baño en aquellas tempranas horas en una Plana de Cala Figuera absolutamente en calma, otros días salíamos con la fitora a pescar pulpos, otros a pescar con caragolins que recogíamos en los aledaños del hotel Port Mahón y otros los dedicábamos a leer las aventuras del Capitán Trueno que siempre nos dejaban en ascuas hasta la próxima semana.

No es de extrañar pues que en mi primera novela ( "Dorada a la sal", Rotger 1997) apareciera en sus páginas la Illa del Rei, en la que nunca había puesto mis pies pese a que mi padre llegó a trabajar allí de médico (y depurado por ello al final de la Guerra Civil). Cuando escribía el relato la isla llevaba años abandonada y expoliada y el narrador la imagina recuperada y sede de un espectacular Parador Turístico, que es lo que entonces se estilaba en parajes singulares como el de la Illa. Allí toman unas copas dos de los protagonistas de la novela, en una cantina llamada "La Logia" de una "Isla Republicana"…

Fui perdiendo poco a poco las esperanzas del Parador a medida que veía desde lejos pero con profundo desgarro sentimental el progresivo deterioro de las instalaciones del formidable Hospital de Sangre de los ingleses. Me había resignado ya a la pérdida definitiva del emblemático y formidable edificio cuando empecé a tener noticia de unos voluntarios que estaban desbrozando la maleza que invadía el viejo hospital. Alguna visita bajo el magisterio del imprescindible Sema Cardona Natta, me permitió ir viendo la gestación de las diferentes salas médicas y farmacéuticas mientras germinaba en mi cabeza la idea de una sala de oftalmología, pero tenía poco material, salvo algún viejo aparato, una apreciable biblioteca personal de libros de la especialidad y unos pocos instrumentos quirúrgicos de la época de mi padre. La cosa no daba para una sala, pero con el dinamismo de la diplomada en enfermería Mercé Bagur, auténtica ejecutora de la idea, nos pusimos en marcha.

Entonces apareció en escena mi viejo compañero y amigo de la Universidad de Zaragoza, Juan García de Oteyza, menorquín vocacional, quien, con un entusiasmo contagioso nos dio el empujón que necesitábamos. El doctor Oteyza contactó y ganó para la causa a otros oftalmólogos catalanes relacionados con nuestra isla, muy especialmente con la doctora África Menacho Viladot, también con casa en Menorca, quien por uno de estos prodigiosos azares de la vida acababa de dejar el consultorio de su padre, el doctor Rafael Menacho García -Menacho (1927-2018), para unirse a un grupo de especialistas. África vio el cielo abierto con la propuesta de colaborar en la isla del Rey, y así fue como el formidable legado de su padre ha pasado a la sala de oftalmología del Hospital, acabando por configurar una sala museística sin parangón en el mundo de la oftalmología, no solo por su contenido sino por la peculiaridad de reunir a tres sagas de médicos oftalmólogos.

Tanto el doctor Pedro Bosch Olives, mi padre, que ya he apuntado que llegó a trabajar en el Hospital Militar que sería después de los ingleses, como uno mismo, junto con mi esposa la doctora Valero y nuestro hijo Jordi con la doctora Sara García conformamos una de ellas. Luego tenemos al doctor García de Oteyza, cuyo padre Juan Antonio García de Oteyza Romero, fue un reputado oftalmólogo en Lleida y que hoy ve la continuidad de la saga con su hijo, el doctor Gonzalo García de Oteyza Delbés, y por fin, a la saga estrella de este original museo, la saga de los Menacho que se continúa hoy con la doctora África Menacho.

Estamos pues ante una auténtica e insólita Sala de las Sagas que nos llena de orgullo y también de agradecimiento a la Fundació Illa del Rei por la acogida y las facilidades y ayuda que siempre nos han prestado, y confiamos que nuestra aportación contribuya al esplendor de un enclave único y revalorizado ahora por la próxima apertura de la galería Hauser & Whirt.

Un brindis por S'Illa y su esplendoroso futuro.

Pedro J. Bosch

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