¿Qué demonios hacen tres turistas sonrientes, en biquini, subidas a un dromedario en la playa de Palma? Esa fue la pregunta que se hizo Patricia Almarcegui al descubrir una postal con tan chocante imagen en el archivo de Casa Planas. Y como buena viajera —y mejor narradora— decidió tirar del hilo.
El resultado es Treinta mil dromedarios, un libro híbrido y sugerente en el que la autora no solo desentraña el misterio de aquella fotografía, sino que reconstruye la insólita llegada de tres camellos de una sola joroba a Mallorca y el periplo de dos jóvenes y un dromedario por los pueblos de la isla en 1963. Una historia que, bajo su aparente extravagancia, ilumina los mecanismos con los que se construyó el imaginario turístico del Mediterráneo.
Fundada en Palma a comienzos de los años cincuenta por Josep Planas i Montanyà, Casa Planas documentó uno de los mayores crecimientos urbanísticos, industriales y hoteleros de Europa. Su archivo —cerca de tres millones de imágenes— constituye hoy la memoria visual de la transformación de Mallorca en destino de masas. Aquellas fotografías no solo capturaban paisajes: modelaban deseos, vendían promesas de sol y exotismo accesible.
Las postales, hoy desplazadas por las cámaras de los teléfonos inteligentes, desempeñaron un papel decisivo en esa maquinaria. Eran, al mismo tiempo, herramienta de promoción y prueba social: mostraban los rincones más fotogénicos y permitían a los viajeros certificar ante amigos y familiares su paso por el paraíso. En ese rectángulo de cartón se condensaba una forma de mirar y de consumir el mundo.
Desde su residencia en Ciutadella, Almarcegui convierte la investigación en una breve arqueología del turismo balear en la segunda mitad del siglo XX. Pero también va más allá: reflexiona sobre la turistificación, el extractivismo y la fabricación de imágenes que, repetidas hasta el infinito, acaban sustituyendo a la realidad. Con pulso narrativo y cierta atmósfera de noir, sigue la pista del dromedario como quien persigue una sombra en un negativo antiguo.
Lo que comienza como una imagen casi humorística termina revelando algo más profundo: cómo una postal puede contener la historia de un territorio y el germen de su transformación.
Treinta mil dromedarios
Patricia Almarcegui
Editorial H&O
115 páginas