La literatura nació de la palabra dicha antes que escrita, de las historias transmitidas de boca en boca junto al fuego. Seguramente nadie lo sabe mejor que Luis Landero, quien aprendió a narrar escuchando a su abuela Francisca, una pastora analfabeta que le enseñó el arte de cautivar con un relato mucho antes de que él se convirtiera en profesor de literatura y en uno de los grandes novelistas españoles contemporáneos. Ya desde su debut con «Juegos de la edad tardía» (1989) —Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa— quedó claro que la suya era una voz singular.
En Coloquio de invierno, su libro más reciente, Landero reúne a un grupo de personajes que quedan atrapados en un hotel rural durante la tormenta de nieve Filomena. Para hacer más llevadera la espera, deciden contarse historias. El recurso remite inevitablemente a Decamerón de Giovanni Boccaccio, donde varios narradores, refugiados de la peste en las afueras de Florencia, pasan los días encadenando relatos.
Pero si en el clásico italiano predominan los cuentos de tono erótico y picaresco, los habladores de Landero se inclinan más bien por historias de amores platónicos o imposibles. «Los amores ideales sirven para la fantasía, pero no para la realidad», afirma uno de ellos. Y otro replica con ironía: «El amor es invención».
Durante tres noches, los participantes en ese coloquio improvisado se escuchan, se interrumpen, comentan y discuten los relatos ajenos. Entre ellos se encuentra Tomás Guerrero, un periodista que observa con lucidez los mecanismos de la narración: «Alternando las voces se le da variedad al coloquio. Y, por otra parte, a las historias les gustan los suspenses».
Landero pone en práctica esa misma poética. Alterna voces, dosifica la intriga y va desvelando poco a poco las confesiones vitales de unos personajes que parecen salidos de su particular galería de soñadores quijotescos: hombres y mujeres que han vivido peripecias singulares, atrapados en biografías donde lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano.
Más que defender una tesis o revelar una verdad oculta, Coloquio de invierno celebra algo más elemental y antiguo: el calor humano que surge cuando alguien se decide a contar su vida y otro se dispone a escucharla. En ese intercambio —hecho de memoria, imaginación y azar— las comedias pueden convertirse en tragedias y, a veces, una desgracia puede terminar transformándose en un alegre enredo.
Coloquio de invierno
Luis Landero
Tusquets editores
303 páginas