El atentado del 11 de septiembre de 2001, del que hoy se cumplen dos décadas, fue el inicio de una guerra de Occidente contra el islamismo más radical de la que todavía no puede adivinarse el final. Los ataques en Estados Unidos no fueron inspirados por un sólo responsable, Osama Bin Laden, respondían a la irrupción del integrismo islámico, movimiento violento y retrógrado dispuesto a conquistar nuevos territorios. La semilla se extendió desde Afganistán, alimentada por numerosos países árabes, para golpear a más países occidentales o iniciar su propia cruzada en Siria. El 11-S marcó un punto de inflexión en los equilibrios internacionales. Estado Unidos dejó de ser el protagonista único para dar paso a China y Rusia, el mundo árabe asumió otro papel, más allá de suministrar petróleo a los países occidentales y los integristas ocupan el poder. Todos los ciudadanos del mundo sufren las consecuencias del 11-S, tanto en seguridad cotidiana como en la percepción de una incertidumbre en el futuro que se ha cronificado. Nada ha vuelto a ser como antes. Pocos acontecimientos recientes han tenido tanta trascendencia histórica como lo que ocurrió hace veinte años.
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