Pocos lugares en el mapa concentran tanta tensión geopolítica como el estrecho de Ormuz. Por sus aguas transita una parte sustancial del petróleo y del gas que alimenta la economía global. Cada amenaza de cierre, cada movimiento militar y cada escalada en la región son un termómetro de la estabilidad internacional. Ormuz no es solo una vía marítima, es una herramienta de presión. Irán advierte que se plantea bloquear el tránsito como respuesta a sanciones o acciones militares. No es una amenaza menor. El simple riesgo de interrupción basta para disparar los precios energéticos, alterar los mercados y trasladar la incertidumbre a miles de kilómetros de distancia, también a los territorios insulares como Balears, donde la dependencia energética del exterior es una realidad estructural.
Pero cerrar Ormuz no es una decisión sin coste para quien la ejecuta. La economía iraní también depende de ese flujo. Convertir el estrecho en un punto de estrangulamiento supondría escalar el conflicto a un nivel de consecuencias imprevisibles, con la implicación de varias potencias para garantizar la libre navegación. La apertura del paso no responde solo a equilibrios militares, sino a una lógica de interdependencia que, aunque frágil, ha evitado hasta ahora el peor de los escenarios. El mundo no puede permitirse que Ormuz se cierre.