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Las piedras de Menorca

José María Pons Muñoz
Si en su momento recogí bien la cita, serían los ingleses quienes dijeron: "Menorca, viento y roca". Del viento, si eso, ya les cuento otro día. Hoy quisiera dedicar estos comentarios a las piedras de Menorca. Basta darse una vuelta por los campos de la isla para comprender el trabajo de gigantes que debe haber supuesto ir recogiendo piedra a piedra hasta transformarlas en kilómetros y kilómetros de pared de piedra seca, con una altura y una anchura no por eso mermada o escatimada en su elaboración, más bien todo lo contrario. Paredes hay que circunvalan, como en una ciudadela, algunas fincas, algunos chalets que son como esculturas. Ahora mismo les digo que no tengo ningún problema en calificarlas como obras de arte. Nobles y bellos resultados los que consiguen los artesanos de la piedra con sus paredes de piedra seca, añadiendo arterias a la anatomía del campo menorquín, como si éste fuera un cuerpo por terminar, un gigante varado en la mitad de la nada, en medio de la mediterránea occidental, como si la superficie de la isla fuera una tela de araña. Imaginen, por un momento, que todas las piedras, hoy ordenadas, educadas en pared de piedra seca, estuvieran esparramadas, diseminadas como "piojos en costura" por toda la isla.
No me parece aventurado el decir que quizá veríamos más piedras que tierra.

Dicen quienes lo saben que en esta tierra vivieron unos menorquines expertos de la honda, cuyas madres les colgaban la comida de un árbol para que de pequeños la descolgasen a pedrada limpia si querían comer. Y proyectiles no les faltaban. De esta suerte, los jóvenes honderos menorquines iban adquiriendo una destreza legendaria. Dicen que un tal Haníbal se llevó una leva para descerebrar romanos, y fue tal su eficacia que aquella gesta ha quedado en los anales de la historia como algo no conocido y que sólo se daba con estos diestros honderos, de cuya "medicina" también probaron los invasores ingleses cuando pensaron que podían llevarse a la juventud menorquina a servir en sus barcos sin avenirse a consultar con quienes evidenciaron a pedradas que no estaban por tal labor.

Las piedras de Menorca no están sólo en la superficie de la isla. La arquitectura menorquina fía en esta materia prima en el marés para sus construcciones arquitectónicas. Los artesanos menorquines han encontrado siempre en el vientre de Menorca este material extrayéndolo como consumados cirujanos que extirpan las piedras de la vesícula de la isla para construir, antes, los más bellos palacios, hoy, casas funcionales o chalets en urbanizaciones.

Los acantilados pétreos de la isla, fueron en tiempos como las murallas de un castillo que custodiara Menorca, de la rapiña de barcos siempre dispuestos al pillaje y a sus maldades. No es poco lo que se puede decir sobre las piedras de Menorca, pero nada será ni más meritorio, ni más justo, que hacer una merecida reflexión sobre los trabajos en piedra llevados a cabo por la cultura talayótica: talayots, navetas y taulas son los pétreos testimonios de la grandiosidad de nuestros ancestros en la isla, motivo de legítimo orgullo. Muchas de estas piedras han perdido parte de la belleza con que fueron construidas, no han podido soportar la fatiga de los años, pero aun así, conviene decir que cuando en Europa, aquellas civilizaciones vecinas de Atapuerca, sólo tuvieron una cultura comparable a la menorquina, y es la que convirtió la techumbre de algunas cuevas en capillas sixtinas de la pintura rupestre, como las de Altamira en Santillana del Mar. Si en las estribaciones de Santander, aquellos primitivos pintaron bisontes, en Menorca levantaron taulas para que las generaciones venideras nos pasáramos la vida preguntándonos para qué servían.

Para entender la ingente labor de los menorquines con la piedra, basta con darse una vuelta por los campos de la isla, liberados de obstáculos, pero atestados de testimonios del quehacer de aquellas gentes, que sin otras herramientas que la misma piedra, nos dejaron un rico patrimonio, que lamentablemente los menorquines actuales no hemos sabido aún sacarle partido.

Estoy cierto en decir que si las taulas, navetas y talayots y otros restos de la cultura talayótica estuvieran, pongo por caso, en Guadalajara, Salamanca, Gijón o en Burgos, buenos dineros les sacaban. Pronto iban a tener esos "tesoros" abandonados sin sacarles provecho. Algunos lugares conozco que vas y te los encuentras atestados de autocares, tiendas que venden souvenirs y restaurantes y todo para ver un trozo de muralla restaurada, un par de pedruscos donde se sube uno encima y se mueven y venga de pedir allí deseos imposibles. Pues con esos mínimos mimbres, hay qué ver qué cestos hacen algunos.

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