José María Pons Muñoz
No saber dar amor es como tener el alma muda.
José Mª Pons Muñoz
A quien quiere sin saber si es querido, le afligen mil pesares, teme siempre perder al ser amado porque es conocedor de la fragilidad de un sentimiento, quizá por una sola parte mantenido. Pero cuando se quiere profundamente, cuando ese misterio del afecto, del cariño, escala las murallas atalayadas del corazón, nada podrá impedir seguir queriendo, incluso a quien no nos quiere.
No estoy de acuerdo en no poder confesar un sentimiento afectivo que tantas veces suele ocultarse, a veces por perjuicios, casi siempre por cobardía. En cualquier caso, callar es una hipocresía que disfrazamos o que simplemente almacenamos en el desván de nuestros secretos, donde el corazón se hace fingidor, guardando estabulado el más bello de los humanos sentimientos.
Las personas que tienen la suerte de ser gratas, apreciadas, estimadas, queridas o amadas por otra persona sin saberlo ellas, por tanto sin amar, suelen conferir como un halo envolvente de color azul a quien siente por ellas cualquiera de esos bienaventurados sentimientos que se desvanece cuando ésta se entera de que son amadas. Quizá simplemente porque no corresponden con los mismos sentimientos y por más que quien confiesa lo que siente por ellas, les guarde un absoluto respeto además de no pedir nada, y a veces tampoco esperar ser jamás correspondido. Saben que han de conformarse con tener la suerte de seguir siendo de color azul. Triste pesar es aquel que por confesar los sentimientos se pase de ser color de cielo a verde pino. Viene a ser como si el arco iris nos atropellara el alma, tornando opaco nuestro azul por un nubarrón color de panza burra.
La historia está llena de hombres y mujeres que amaron apasionadamente toda su vida sin ser correspondidos, sin tener nunca del ser amado ni la limosna de un beso de amor, ni el supremo regalo de una caricia. Hombres y mujeres que admiraron desde su propio interior más que miraron desde el exterior a quien amaban. Y por esa sin razón, padecieron la sed sin agua, el hambre sin pan, las noches sin luna, los días sin sol, playas sin arena, árboles sin fruta, pelirroja sin pecas, margarita sin hojas, Doñana sin linces, pero aun así no espolvorearon su corazón con bromuro que castrase su sentir.
Si os fijáis, veréis que por la calle van algunos y algunas descoloridos de azul a verde pálido, como arco iris sin lluvia y sin sol.
Es fácil querer cuando nos quieren, pero querer cuando no nos aman es tan difícil como intentar atrapar el aire con la mano, como querer alcanzar el azul del cielo para paliar la quiebra del azul que nos falta y aun así hay personas que quieren intensamente.
Amar es sin duda uno de los más bellos motivos para sentirnos agradecidos de estar vivos. En puridad, es la confirmación que nos asegura que aún estamos vivos. Hay por ahí gente que va andando, están espiritualmente muertos aunque ellos aún no lo sepan, pero son ya sólo supervivientes de la materia. La vida espiritual del sentimiento la dejaron aparcada en algún rincón de una calle sin nombre donde habita el olvido.
No podemos mutilar el mejor regalo que nos hace la vida, aquel que nos hace diferentes. Debemos amar, seamos o no correspondidos. De no ser así, y amáramos sólo a cambio de que nos amen, sería como prohibir mirar las estrellas porque no podemos tocarlas. Sería como prohibirnos disfrutar de la fragancia de un perfume, porque al no poderlo ver nos dijeran que no existe. Por eso, en este punto, prefiero el deseo sin posición que la posición sin deseo.
Nada puede prohibirnos tener despiertos los más bellos sueños, aquellos que nos hacen tan maravillosamente diferentes entre el común de los seres vivos, por más que con las quiebras de la vida una mañana nos toque decir: hoy tengo la misma tristeza, el mismo color descolorido de aquellos que sin saber por qué dejaron de ser hombres azules, de aquellos otros que se volvieron ciegos admirando las estrellas, quizá, porque sin estar locos, amaron locamente.