La victoria ayer del ViveMenorca supone el retorno a la máxima categoría del baloncesto, un derecho ganado noblemente en la cancha ante un digno rival, el Autocid Burgos, quien previamente había apartado de la lucha al Melilla, el equipo más temido por los menorquines. El triunfo deportivo ha desatado la euforia de una afición cuyo apoyo forma parte del éxito y del fenómeno sociológico de identidad a que ha dado lugar este proyecto. Es lógica la satisfacción que recorre todos los estamentos del club porque todos ellos han estado a la altura de la responsabilidad que exigía el objetivo del ascenso, desde una directiva que hubo de sobreponerse a un relevo traumático hasta una dirección técnica y una plantilla que han planificado y competido con profesionalidad. En esa misma proporción han de repartirse los méritos y las felicitaciones.
Conseguido el ascenso a la ACB, que un día se llamó sueño y ahora parece instalado en la normalidad, se presenta el reto de adecuarse a la estructura que la alta competición demanda, en lo deportivo y en lo económico. La coyuntura es más desfavorable y los criterios de ayuda institucional, más rigurosos, de modo que habrá que recurrir al socio y a una gestión más imaginativa y racional.