Algo debe tener la monarquía para que en pleno siglo XXI no sólo se mantenga como institución sino que despierta fascinación entre la plebe. Hay una respuesta fácil, algo le falta al pueblo para no sólo mantenerla sino además venerarla. Hay también explicaciones convincentes para intentar entenderlo, es mejor un rey o una reina decorativos y admirados que un presidente o presidenta viciado de la carrera política que además ha de enfangarse tomando decisiones de gobierno. En el caso británico ha de agregarse además un apego popular indiscutible a sus tradiciones y, entre éstas, la monarquía es especial, mil años de convivencia, respeto y, sobre todo, espectáculo la avalan. La boda de un príncipe concitó ayer a millones de espectadores en la televisión de todo el mundo, aquí hubo menús especiales con la pantalla presidiendo el restaurante como si se tratara de la final de copa del mundo. Si se mira por la parte que hoy rige casi todos los ámbitos, el impacto económico que deja sobre Londres se calcula en más de 120 millones de euros (en libras esterlinas es algo más), algunos medios de comunicación realizan tiradas exclusivas sobre el acontecimiento, grupos de turistas han viajado a la capital inglesa atraídos por la ceremonia y los aromas que desprende la cercanía de la realeza.
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