Entre los vaivenes de la crisis, la falta de adaptación a los tiempos y la ausencia de auténticos líderes, el espíritu sindical palidece. Poco más de cien manifestantes en el Día del Trabajo, la cita tradicional de la reivindicación a golpe de silbato y lemas satíricos contra el Gobierno y la patronal, constituyen una paupérrima marca. Si encima los del megáfono se dedican a predicar que estamos mal, cierto, peor que nunca, cierto, pero que votemos a los mismos, que si viene la derecha nos podemos preparar, habrá que pensar en transformar la celebración de la Fiesta del Trabajo por el Día de la Resignación. Ese fue el mensaje. Seguramente, alguno de los oradores se quedó con ganas de ir a más y reiterar que todos los males provienen de Aznar, a pesar de que hace ya siete años que dejó el gobierno para dar conferencias a los yanquis. Menos alocuciones y más soluciones, debieron pensar algunos ante la obsesión del 22 M. Es una prueba más del desfase que sufren las organizaciones sindicales, que siguen empeñadas en dividir la sociedad entre derecha e izquierda, patrón y clase trabajadora, cuando ese esquema ya se queda añejo. Los números del paro orientan en otro sentido, el problema no está en el rancio maniqueísmo izquierda o derecha, progresistas o conservadores sino en una economía con menos ideología y más empleo.
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