Entre China y la India habita un país budista donde el poderío y el desarrollo no se miden por el Producto Interior Bruto, el PIB, esas siglas que castigan los titulares de prensa y provocan sonrisas o muecas entre los dirigentes de empresas y del Gobierno. En Bután, el desarrollo colectivo se calcula en Felicidad Interna Bruta, FIB, que se determina sobre variables relacionadas con el bienestar humano por encima del crecimiento de la producción y la riqueza nacional. La igualdad de género y la preservación medioambiental, por ejemplo, constituyen dos variables importantes para cifrar el FIB.
El término felicidad es complejo en nuestra cultura, necesita del bienestar y sin una buena economía que lo fundamente parece de difícil acceso. Nada hay más difícil que medir la felicidad, los filósofos se enfrentan al concepto con desigual suerte. Epicuro, uno de los grandes de la antigua Grecia, apelaba a la libertad, la amistad y la capacidad de pensamiento como tres elementos indispensables sobre los que caminar felices. En esta parte del mundo y de la historia donde los financieros controlan el pulso emocional de la gente y los medios abrumamos con el PIB, el IVA, el IPC o el IBEX, estaría bien implantar una rutina similar para conocer el índice de Felicidad Interior Bruta y aprender así algo más de las personas y menos de los números.
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