Querida peseta, ¿cómo andas? Imagino que disfrutando como nadie de una jubilación anticipada que te sentó de maravilla. Por aquí, en la tierra de los supervivientes, andamos ahora, diez años después, echándote de menos, llorando por los rincones y tirándonos de los pelos porque lo que parecía el invento del siglo ha resultado ser un atraco de los gordos diez años después. Ya sé que a ti, los que nos pase ahora, te trae sin cuidado y que nos guardarás algo de rencor por, de un día para otro, cambiarte por otra.
Te explico la movida ya que por aquí la mayoría está cabreada con una señora alemana que parece acusar un estreñimiento crónico, que tiene cara de estar enfadada con todos y que lo paga con la plebe, los que sudamos tinta para llegar a fin de mes y para que cuadren las cuentas con un sueldo que cada vez es más corto mientras aumentan las horas de trabajo. La dama en cuestión es la líder de un país, Alemania, aunque parece que el poder se le ha subido a la cabeza y ahora decide en beneficio, según dice, de toda Europa. Su última rabieta, obligar a Mariano, que casi acaba de llegar, a que siga recortando de aquí y de allí hasta lograr un ahorro que quizás no sirva de nada cuando no quede vida que vivir.
Ya sé que a ti, ahora, te importa poco todo eso. Nos lo merecemos. Todos vimos con buenos ojos renunciar a ser un país para formar parte de un todo, la Unión Europea, que en su momento parecía lo más. Hay noches de luna llena en la que todavía se oye a algún banquero descojonándose de risa por la gran estafa que nos colaron. Sí, nos la metieron doblada, que se suele decir.
Pero peseta, ahora se extrañan. Tu salías más rentable, sabías que un café te costaba 100 pesetas, que con 500 podías ir al cine y comprar chucherías. Ahora, se nos ha ido de las manos y el cortado son 166 y pico y con 3 euros te alcanza para una bolsa de golosinas y poco más. Me hace gracia porque la gente suele echarle la culpa al comerciante cuando los que lo hemos permitido hemos sido nosotros mientras el precio subía poco a poco pero estábamos demasiado ocupados mirándonos el ombligo. Ahora, silenciosamente, está pasando con la gasolina. Alguien, en algún lugar, sube el precio a cada momento sin que nadie diga ni pío. Tenemos lo que nos merecemos...
No te pido que vuelvas, querida. ¿Te importaría decirme cómo se llega donde estás? Seguro que se vive mejor. Y más barato.
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