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Se creen dioses olvidándose que solo son hombres

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El presidente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) Carlos Dívar, se ve forzado a presentar la dimisión posiblemente el próximo jueves, porque se ha quedado sin un solo apoyo, después del escándalo organizado por sus reiterados viajes sufragados por fondos públicos, con fines de semana interminables en hoteles de lujo, en quien, dada la situación que atraviesa España y lo que él representa, debió mostrarse escrupulosamente austero, y sin duda, dispuesto a rendir cuentas de sus actuaciones. Su salario es el mayor de todos los cargos institucionales después del Rey.

Pero he aquí que Dívar no ve ningún comportamiento equivocado, y mucho menos punible, a lo ancho y a lo largo de su gestión. Pues tiene razón el señor, claro que tiene razón, porque eso es exactamente lo que piensan muchos cargos públicos, convencidos de que es natural tener un cochazo de alta gama a su servicio, a poder ser de fabricación alemana, naturalmente con su chófer, arrastrar allá donde se les antoje ir, a media docena de guardaespaldas, cobrar un sueldo millonario, tener un confortable y espacioso despacho, a poder ser con más de una secretaria/o, y si se tercia, porque la ocasión lo requiera, encontrar acomodo en un palco del Bernabéu, o una barrera en las ventas, hoteles naturalmente de cinco estrellas, comedores de lujo. Prebendas, ya digo, de todos los colores, y, además, nadie, absolutamente nadie, que les exija nada de nada. Todo eso y mucho más consideran algunos personajes que cobran del erario público, que es inherente a su cargo. Vamos, que va con el cargo que ocupan, sin pararse nunca a considerar que todo lo que cuesta todo eso, incluido su salario, se lo pagan los españoles. De manera que ellos están moralmente convencidos que su comportamiento es intachable, cuando ni siquiera la situación que les rodea, podría decirse que es éticamente aceptable en estos momentos de crisis.

A estos confundidos servidores públicos, les importa una higa aquello de que la mujer del César, tenga que ser decente, además de parecerlo.

"Total ha sido una minucia, unos miles de euros". A criterio del Sr. Dívar, lo que según él le habría costado al erario público sus viajes de la ceca a la meca. Este señor en su ignorancia de la realidad, de la situación que están padeciendo las familias españolas, diciendo semejante tontuna, ya deja muy patente su insolidaridad. Olvida (a lo mejor ni siquiera lo sabe), que trece mil euros, son el salario de un trabajador mileurista durante un año. Pero eso no es lo peor, lo inaudito, es lo que tiene que tragar la ciudadanía día tras día con algún noble consorte, presuntamente enmierdado con dinero ajeno. Políticos de todos los pelajes, imputados siempre por la misma razón: llenarse los bolsillos gracias a su cargo. Y ahora, nada más y nada menos, que el presidente del Consejo General del Poder Judicial, presuntamente haciendo turismo con interminables fines de semana. Solo Dios sabe a qué. Pero eso sí, a costa del contribuyente. 32 viajes y 30.000 euros gastados, que según parece, salieron de las arcas del poder judicial. Y esas arcas ya se pueden ustedes imaginar quién las nutre.

La situación creada por Carlos Dívar, deja a la institución que aún preside, devaluada, y todo porque hay individuos incapaces de darse cuenta, que su comportamiento, aunque pudiera ser "legal", causa un grave quebranto moral en la sociedad.

Probablemente los viajes de Dívar puede ser que no sean punibles desde nuestro Código Penal, pero desde la ciudadanía, que es la que está pagando los sueldos y los viajes, el suyo ha sido a todas luces, un comportamiento impropio y censurable.

En su mano estuvo, en vez de enrocarse, aplicarse una dimisión honrosa. Pero estos personajes suelen aferrarse a su cargo como una lapa. Es una lástima que estos individuos engreídos, no lleven, como llevaban los romanos distinguidos cuando recorrían las calles de Roma, después de haber triunfado política o militarmente en alguna región conquistada, a un lacayo detrás, que de tanto en tanto, les recordaba que solo eran hombres y no dioses.

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