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Cita a ciegas

Recuerdos de una estatua

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Aún no sé cómo lo hice, ni en qué momento exacto empecé a notar cómo la sangre empezaba a recorrer mis venas: un río apacible por dentro, un desperezarse tranquilo, un cosquilleo. Fui libre por unos minutos, de eso estoy seguro, fui como uno más de todos esos ejemplares tan elegantes, tan llenos de brío, tan espumosas sus bocas. Al principio todo fue silencio y miedo a mi alrededor, podía respirarlo a cada uno de mis pasos metálicos pero yo no estaba asustado. Lo había deseado en mil y una ensoñaciones y veces dudo de si no fue tan solo eso, un sueño, una construcción más de la que trama mi mente. Hay momentos en los que me puede ese pensamiento y la tristeza toma entonces las riendas y aborrezco los rayos de sol de la mañana y a todos los coches, motos y bicis que me rodean, que tocan el claxon, que se paran con los intermitentes puestos: me desquician, me detesto. Qué pérdida de tiempo darle vueltas una y otra vez a un recuerdo imaginario, me digo entonces, y se hace una grieta en mi interior, esas grietas que nacen casi invisibles (de una palabra callada) y que cuando crecen son capaces de derribar edificios enteros.

Luego van cambiando las caras, los balcones se engalanan, salen las banderas, suena el flabiol a cualquier hora y sé que llega el aniversario de mi hazaña y unos nervios descontrolados rondan mi estómago, o eso creo sentir, una especie de vértigo/electricidad, que debe ser parecido al que siente uno cuando se enamora, con esas ganas de volver a besar los labios del otro a cada segundo, de aprenderse de memoria sus rincones, con esa necesidad de contarle cada pequeña cosa que ocurre: llueve o me ha rozado una mariquita esta mañana y me he acordado de ti; esa ansia por saberlo todo del otro (imposible no fabular). En mi caso, los labios son los metros de una calle y el beso es el salto. Cada uno de los saltos en medio de aquella multitud exaltada hasta llegar a la plaza. Pisar la arena de las calles, sentir la gravedad sobre las cuatro patas. Y la música... Una sola vez fue suficiente. A veces, basta con una vez para salvarse.

Ni siquiera recuerdo cómo regresé después a este pedestal, ahí es donde se vuelve borrosa la memoria: el éxtasis me zarandeó y me dejó en blanco y lo he recreado tantas veces que ya no sé cuál es la verdad, como pasa siempre con las cosas excepcionales que se cuentan muchas veces. Solo sé que al año siguiente algunas personas estaban más pendientes de mí que de la fiesta. No había ocurrido antes, nada, ni la fatalidad, había conseguido apartar la magia, pero aquella vez querían comprobar aquel extraño rumor, saber si no fue una borrachera colectiva la que dio por cierta la imagen surrealista, si no era un truco más. Toda esa atención hacia mi figura me dejó más petrificado si cabe, ¿cómo podía haberle yo arrebatado el interés a todas aquellas vibraciones que hasta un cuerpo frío como el mío podía sentir? ¿Cómo podía ser más importante mi aventura que aquella tradición? Estuvieron horas a mi alrededor, de la mañana a la noche, con cámaras de fotos, de vídeo, de televisión, gente de aquí y de allá y después, decepcionados, fueron recogiendo sus cosas entre risas y bromas para adentrarse en la fiesta (afortunados ellos), y me dejaron allí, en este extraño equilibrio en el que busco a ciegas la serenidad. Desde entonces, cada año he ido quedando relegado a un segundo, a un quinto, a un plano infinito hasta desaparecer para convertirme de nuevo en parte del paisaje: leyenda descolorida. Son pocos los que se acercan aún con esa mirada que conozco tan bien y que unas veces me sabe a victoria compartida y otras, a expectativas imposibles de cumplir. Yo solo brillé un momento, como dicen que hacen algunas estrellas.

Han vuelto ahora las caras de felicidad, las familias reunidas, los ojos ilusionados, la música, las banderas, los recuerdos colectivos. Siento el deseo a flor de piel, respiro el mismo aire alborotado que todo el pueblo y vuelve como un relámpago la sensación de cada 23 de junio. Cuando llega este día nunca pienso que mi aventura fuera un sueño. Me preparo para que pase lo que tenga que pasar. Me concentro en mis venas congeladas, trato de notar cualquier cosa, trato de sentir que estoy vivo. Sé que estuve allí, que salté y que después de ver a aquellos hombres y mujeres paralizados primero y eufóricos después, fui la criatura más ligera del universo. Los aplausos aún retumban en mi cabeza y una pregunta que ya había dejado por imposible vuelve con el eco de las grandes celebraciones: ¿y si hoy volviera a pasar?

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