Cuando la sociedad cambia tan aprisa, es fácil acabar siendo un inadaptado social. La adaptación es un proceso inherente a todo ser vivo, que aspire a sobrevivir en su hábitat. Nos adaptamos cambiando las cosas, ajustándolas a nuestros caprichos o necesidades. Pero cuando no podemos cambiarlas, no tenemos más remedio que cambiar nosotros, transformarnos. Incluso a marchas forzadas. Hoy luchamos para que la aceleración tecnológica no nos descoloque demasiado; para que las disfunciones económicas no destrocen nuestro Estado del bienestar; para que las luchas por el poder no degeneren en violencia, odio visceral, intolerancia o fanatismo… Las tensiones pueden crecer hasta límites peligrosos. La situación no es estable: ni en España, ni en Europa, ni en la China Popular. Una sociedad madura suele contener elementos de cohesión y seguridad, que acogen en su seno las naturales diferencias, divergencias, discrepancias o extravagancias propias de los países libres. Hay tradiciones, marco legal, gobierno legítimo y democrático… Pero cuando una sociedad pasa de madura a podrida, saltan por los aires las instituciones que, hasta entonces, daban una cierta seguridad y confianza a los ciudadanos. Existen coyunturas que pueden actuar como un insidioso escape de butano. Al principio, la fuga resulta imperceptible. Pero si olemos a gas, debemos abrir las ventanas, cerrar la espita y, sobre todo, no tocar para nada las cerillas.
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