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Les coses senzilles

La japonesa

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Hasta hace poco creía que «La japonesa» era sólo una novela de Jordi Coca, pero ahora sé algo más. Jordi Coca es un escritor catalán que ha merecido los premios más importantes de nuestra literatura y cuya madre nació en Menorca. Ha cultivado todos los géneros, desde la narrativa al ensayo, pasando por la poesía y el teatro, más una veintena de novelas importantes. «La japonesa» data de 1992 y a través de su protagonista infantil destaca la incomunicación y soledad del mundo actual.

Nada que ver con la novela japonesa escrita en parte por un robot titulada «El día en que un computador escribe una novela». No es un título brillante, pero la obra consiguió ser seleccionada entre los 11 finalistas del concurso literario Hoshi Shinichi, en el que participaban 1.450 novelas. El jurado dijo que la novela en cuestión estaba muy bien estructurada, aunque tenía ciertos problemas con la descripción de personajes. Pero lo importante es que se trata de la primera vez que un programa de inteligencia artificial realiza una labor de creatividad humana. Hasta el día de hoy ejecutan a la perfección todo lo que está programado, pero no pueden tener la iniciativa propia necesaria para ser creativos. Este es el reto del equipo japonés que ideó el robot para escribir la novela: desarrollar un programa para que la inteligencia artificial sea creativa y autónoma.

No se trata de que los escritores en un futuro se vean obligados a competir con las máquinas, sino de que el hombre se las vea con las máquinas, de que creemos robots demasiado humanos, como los que ya aparecen en las novelas de ciencia ficción de Stephen King y demás. Con un programa de inteligencia artificial creativa los políticos no tendrían que recurrir a profesionales humanos para la redacción de sus discursos, les bastaría con enchufar la máquina con las cuatro ideas que quisieran desarrollar más las que el propio robot incluyera de su cosecha propia. Pero es que con robots como esos ni siquiera harían falta los políticos, puesto que podríamos ser gobernados por una serie de máquinas perfectas que a lo mejor no se moverían por la codicia ni el afán de poder, que acaso serían al fin perfectamente altruistas y generosas, ecuánimes y todo, y la justicia triunfaría por vez primera en la historia de la humanidad. O no, el peligro de las máquinas tremendamente humanas sería que adquirieran nuestros propios vicios y quisieran ser como dioses, y acabaran destruyendo nuestra civilización de una vez por todas.

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