Aún por extinguir el fuego del trenecito turístico por la costa de Sant Lluís, el Ayuntamiento nos proporciona otro tema de debate: la idea de promover la práctica de deporte en horario de trabajo para sus funcionarios. La gimnasia laboral no es algo nuevo, es cierto como argumenta la alcaldesa que muchas empresas han comprobado que es la mejor manera de que sus empleados se sientan bien y aumenten su productividad. De ello se deriva también el descenso del número de bajas laborales por estrés, ansiedad o simplemente por sobrecargas musculares, problemas posturales o de vista, tan comunes cuando la jornada transcurre frente al ordenador. Lo mismo que es obvio que hay trabajadores públicos que requieren de una buena forma física para ejercitar su profesión, como operarios o policías. La propuesta es sin duda bienintencionada. La cuestión es que en nuestro imaginario colectivo no aparecen el médico o el policía ligados a la palabra funcionario, sino el 'mueve papeles' que no perdona el desayuno ni aunque montañas de expedientes le salten a morderle los tobillos. Lamentable, pero las caricaturas de Forges siguen muy vivas. Por eso y porque la mayoría de los mortales se desloman y luego se pagan el 'físico' o el pilates en sus pocas horas libres; porque encima tienen suerte de trabajar hasta que se les caigan las pestañas ante una pantalla; y porque además muchos lo hacen arrastrando recortes salariales, me temo que el planteamiento pionero de Sant Lluís no va a ser bien entendido por muchos de sus vecinos. Puede que esa media horita inicial cada semana –más el tiempo de pre y post deporte-, se entienda como una oportunidad para el privilegio y el escaqueo financiado con tasas e impuestos públicos. Y si no, al tiempo.
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