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Con derecho a réplica

Crispín sueña con ser Robocop

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Crispín quiere ser policía, y eso está guay. Todos los niños han, hemos, soñado alguna vez con ser policías, bomberos, o astronautas. Las películas muestras estas profesiones como las más chulas y divertidas que uno puede tener. Es excitante, y te convierte en héroe, volar a la Luna, apagar un fuego, luchar contra los malos y detener a los ladrones.

Sin embargo Crispín es un niño muy especial. Le gusta estar solo en al patio del cole, no se relaciona demasiado. Si algo le molesta lo resuelve a puñetazos y listo. Su madre trabaja una burrada de horas para mantener la familia a flote, y el padre esta más por el fútbol que por hacerle caso al pequeño. Así que Crispín da cera a la mínima y no se anda con chiquitas si alguien le toca las narices. La madre se desespera porque no tiene amigos, el padre está orgulloso de un hijo tan machote que no se arruga ante nadie.

A Crispín no le molan los policías de su pueblo que dirigen el tráfico, o intervienen en alguna pelea entre vecinos. Tampoco le motivan los polis que ve por la tele deteniendo narcos en la aduana, llevando a la cárcel a los corruptos, que en su país son muchos, o los que detienen violadores o pedófilos. Tampoco le molan demasiado los que vigilan montes, para proteger fauna y flora, aunque vayan con motos muy guais. Ni la poli que ve en los aeropuertos vigilando y controlando para que todo vaya bien, eso le parece aburrido. Ni los polis con chalequito y en mangas de camisa que trabajan con un ordenador para detener cibercriminales muy chungos. Ni tan siquiera los que luchan contra el terrorismo, a los que no acaba de entender porque no ve que peguen a nadie. A Crispín lo que le entusiasma son los trajes tan chulos que llevan los antidisturbios.

Flipa cuando ve en los telediarios los escudos tan grandes, las porras tan largas, los cascos negros y brillantes y el ruido que hacen las botas contra el asfalto cuando van todos juntos en formación. Se emociona con las escopetas tan alucinantes que tienen, esas que lanzan unas pelotas de goma que le sacan un ojo a cualquiera que se ponga chulito, o simplemente a cualquiera que pase por allí.

A Crispín le fascina el poder que tienen. Y la impunidad con la que pueden abrir un cráneo, o romperle todos los dedos de una mano a alguien, sin que nadie les diga nada. Da igual que enfrente tengan papás o mamás, niños o abuelos, estudiantes o trabajadores, ellos se ponen a repartir estopa y no dejan títere con cabeza. Incluso vio una vez en un telediario que le pegaban a uno de los suyos porque iba de incógnito y que desde el suelo gritaba: «Que soy compañero coño, que soy compañero». Crispín pensó que se lo merecía por quitarse ese uniforme tan increíble que a él le recordaba a las películas de Robocop.

No sé, queridos lectores, si Crispín alcanzará su sueño y algún día se convertirá en antidisturbios. Tampoco sé si Crispín algún día entenderá que el sueldo de los que admira, y los uniformes que tanto le molan, se pagan con los impuestos de las personas a las que aporrean. O igual cae en manos de Crispín algún libro y lee aquello de que: «La violencia es el miedo a los ideales de los demás» que escribió un tal Gandhi, eso le hará pensar y se irá a otro cuerpo policial de los que detienen a los malos de verdad. O tal vez sea él quien me saque un ojo, o me rompa todos los dedos de una mano, cuando salga pacíficamente a la calle para continuar defendiendo el derecho a réplica. Feliz jueves a todos, a ti también Crispín.

conderechoareplicamenorca@gmail.com

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