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¿Tiene caldereta sin langosta?

¿Cuál es el precio de una risa?

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Hace cinco años Kanghua Ren, alias «ReSet», abrió un canal de Youtube para compartir vídeos. Al poco tiempo se convirtió en un conocido influencer que tenía más de un millón de suscriptores. Su éxito consistía en aceptar los «retos» que le proponían sus seguidores. En el año 2016 un seguidor le propuso rellenar galletas Oreo con pasta de dientes y dárselas a un sin techo. ReSet salió a la calle en Barcelona, encontró a un mendigo rumano y le dio las galletas y un billete de veinte euros. Poco después subió el vídeo a su canal de Youtube donde decía: «A lo mejor me he pasado un poco, pero mira el lado positivo: esto le ayudará a limpiarse los dientes. Creo que no se los limpia desde que se volvió pobre». El vídeo desató una fuerte polémica. Tras las críticas, el youtuber grabó otro vídeo en el que volvía a aparecer el indigente. ReSet le entregaba otro billete y hablaba sobre las pocas limosnas que recibía. La polémica siguió hasta que el joven publicó otro vídeo en el que pedía disculpas: «Solo pienso en jugar y hacer cosas divertidas, tengo 19 años y no soy muy maduro».

Dos años más tarde un Juzgado de lo Penal de Barcelona ha condenado a ReSet a quince meses de prisión por un delito contra la integridad moral y a pagar a la víctima 20.000 euros por daños morales. Además, se le ha prohibido usar Youtube durante cinco años. La sentencia considera que el joven llevó a cabo «un acto claro e inequívoco de contenido vejatorio» que pretendía humillar a una persona especialmente vulnerable. No era la primera vez que su canal de Youtube publicaba vídeos que denotaban comportamientos crueles con víctimas vulnerables. Había llegado a ofrecer sándwiches con excrementos de gato a ancianos y niños en el parque. En el turno de la última palabra, el joven se limitó a decir: «Hago cosas para dar el show, a la gente le gusta el morbo».

En apenas diez años las redes sociales han creado un universo virtual que genera diariamente millones de interacciones. Noticias, ropa, tendencias de opinión, comida, chistes, tragedias. Cualquier aspecto de nuestra vida pasa por el tamiz virtual de una fotografía, un tweet, un «me gusta» o una storie. El grado de acierto de una opinión se mide por el número de retweets. Una fotografía de una influencer genera más ventas que un anuncio en prensa. Sin provocación (ya sea por imágenes, insultos o disparates), no hay seguidores. En apenas unos años, se ha ido creando un mundo que aspira a no tener reglas. Con la excusa del espectáculo, todo se permite pues, en definitiva, ¿quién quiere aburrirse?

Hace más de doscientos años Kant dijo que la dignidad «se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente». Esas ocho letras –que conforman esa palabra tan mágica, inaprensible y tantas veces olvidada- implican algo muy sencillo: no se puede utilizar a las personas. Supone que hay que respetarlas. Cuando el joven youtuber hizo el vídeo con el mendigo, estaba olvidando las lecciones del filósofo de Königsberg. Pensaba que se trataba de un juego. Creía que ese pobre hombre, extranjero, sin hogar, no era una persona, sino un mero instrumento al servicio de varios «me gusta» y un puñado de nuevos seguidores.

Aunque los medios de comunicación se han centrado en el joven youtuber, no podemos olvidar que este tipo de contenidos existen porque hay un público que los alienta, disfruta y comparte. ¿Puede alguien disfrutar viendo cómo se humilla a una persona desfavorecida? ¿Todo vale en la cultura del espectáculo? ¿Cuál es el precio de una risa? ¿Y de un nuevo seguidor? ¿Deben existir límites en este nuevo mundo etéreo que se crea y se borra cada día? ¿Dónde queda el respeto?

Las redes sociales forman parte de nuestra vida. Vivimos (y sufrimos) la realidad que proyectamos en el mundo virtual. Nuestro modo de vida está relacionado con lo que compartimos y con lo que rechazamos. Cada «clic» añade un adjetivo a nuestro comportamiento. Cada «me gusta» descubre una parte de nuestros deseos. Aunque nos cueste admitirlo, necesitamos unas reglas que definan este universo sin fronteras para evitar que la dignidad quede reducida a un recuerdo del pasado. Quizá nos sirvan de ayuda las palabras de John F. Kennedy: «Creo en la dignidad humana como fuente de los objetivos a escala nacional; en la libertad del hombre como manantial de acción de este país; en el corazón humano como motivo y fundamento de la compasión de todos; y, finalmente, en la mente humana como fuente de nuestra invención e ideas».

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