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Les coses senzilles

Vuelta al redil

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Volver al colegio siempre fue problemático, aunque nunca me encontré ante la tesitura de hacerlo en medio de una pandemia. Era volver a la férrea disciplina de los años 50 desde la libertad veraniega del haz lo que quieras dentro de un orden. Entonces no había veinte alumnos por aula, sino cincuenta. Sin embargo, tal como quería un profesor de instituto ya en los años setenta, no se oía ni el vuelo de una mosca. ¿Cómo lo hacían? Ustedes ya lo han adivinado. Pondré un ejemplo aséptico. El primer día que entré como profesor de instituto un catedrático veterano me contó que hacía años había llegado tarde a su primera cita con un grupo de alumnos, menos de cincuenta pero más de treinta. Se había desatado una guerra viva, en ausencia del profesor. Me confesó que había pensado que si no daba ejemplo el primer día no podría controlar al alumnado en todo el año, así que eligió al aparentemente más revoltoso y le largó un sopapo de campeonato. Fue a parar al borde de la pizarra. El catedrático veterano me dijo que la clase había sido como una seda todo el año. Pero esto no se puede hacer hoy en día. Una vez le dije a un alumno que se sentara y me dijo: «A mí no me grites». Sospecho que los colegios en España han tenido siempre un componente de guardería (a lo mejor hasta lo tienen las universidades) Cuando llegó la ESO las cosas se desmadraron. Proliferaron las bajas por depresión, porque no se podía ser profesor de un grupo numeroso de alumnos donde los había con mucho interés, pero también los había con poco interés, con absoluta falta de interés, con gamberrismo, con deficiencias y a lo mejor hasta con sordera. La teoría era que el profesor tenía que dividirse en varias partes como una ameba, debía ser un profesor eficiente, un profesor ameno, un profesor que supiera controlar a los gamberros, un profesor que supiera allanar las dificultades de los alumnos con deficiencias y que vocalizara bien en castellano para los sordos en clase de idioma extranjero; en suma: cuatro o cinco profesores en uno (y esto no lo enseñaban en la universidad) Moraleja: una vez se jubiló un profesor y dijo que había tenido un orzuelo y se lo había quitado de encima frotándoselo ante su peor enemigo y diciendo: «Aquí te lo dejo» Y diciendo el nombre de la ESO dijo: «Aquí os la dejo».

No sé cómo funcionará todo este montaje ahora, con mascarilla, metro y medio entre pupitres y veinte alumnos por aula. En las academias tienen cuatro alumnos, y dicen que ahí aprenden mucho.

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