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Los cortafuegos

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Quienes saben de estas cosas, dicen y, dicen bien, que aquí tenemos 9 meses de invierno y 3 de infierno.  El    pasado mes de julio fue como si esto fuera una «embajada de pedro botero».  El infierno sobre España, con temperaturas que llegaron a los 45º, con cientos de fallecidos por golpes de calor;    se ha publicado que más de mil. Noches en vela, empapados en sudor, pero lo más terrible, han sido los incendios, que han arrasado lo más protegido y querido de nuestros bosques ¿Por qué hay ahora tantos incendios? Tengo mi opinión, pues dada mi inclinación por la fotografía de fauna, algunos años he recorrido varias provincias españolas.   

En primer lugar, los cortafuegos son hoy en día a causa de su abandono, una engañifa, una burla forestal, porque ninguno cumple con el fin que su nombre indica. Un cortafuegos no es otra cosa que un espacio a modo de carretera entre los árboles de un bosque, para en caso de incendio cuando las llamas lleguen a esa zona, no encuentren ni árboles ni arbustos y menos aun madera seca para seguir quemando el bosque.  Hoy en día esos espacios de separación que en su idea estaban    tan bien pensados, no sirven porque están llenos de ramas secas, arbustos de todas clases que hacen de combustible muy inflamable, y eso se traduce, dicho por los propios trabajadores que acuden a esos incendios, en que un fuego de esa naturaleza es poco menos que imposible de sofocar.    No hay ni una carretera por donde puedan circular cisternas llenas de agua para los bomberos que luchan sin medios.

En algunas ocasiones, según la potencia del incendio, cuando un helicóptero suelta el agua del depósito que lleva colgado, las altísimas temperaturas evaporan el agua antes de que esta llegue sobre las llamas.  Los aviones que trabajan llenando la bodega de agua para soltarla sobre un pavoroso infierno desatado, sufren un brusco cambio de peso y el efecto Venturi más que una verdad científica, se torna de repente en un riesgo conocido y muy peligroso.

Cuando lleva meses sin llover, los montes se achicharran bajo unas temperaturas que pueden alcanzar los 45º, montes muy abandonados, donde hasta los jabalíes tienen dificultad en transitar por sus abruptas trochas.  A la riqueza forestal o arborícola destruida, hay que sumar las casas quemadas, los establos, las cocheras, los aperos de labor, coches y tractores, pero sobre todo las vidas humanas.    Las personas acorraladas por el infierno de un bosque en llamas, con árboles de 20 metros ardiendo, desde las raíces al último cimal que creció en la primavera, hay que añadir la fauna montaraz y doméstica que sufre de lleno el azote de un incendio forestal.  Hay «tontolabas» que parece que se consuelan viendo como en Francia, Portugal y otros países de por ahí fuera, están también luchando contra el infierno en el que se transforma un bosque en llamas. Los negacionistas    siguen negando un cambio climático, y no caen en la cuenta de que ya está aquí; es evidente que nunca han leído a Bertolt Brencht, y si lo han leído ya no se acuerdan.  Tengo en la memoria, como si lo hubiera visto hace un par de días, el fuego que se formó aquel octubre entre Ribadesella y Arriondas.  María y yo pasábamos por esa carretera, donde los coches paraban para verlo.    En cuestión de minutos el monte ardía como si con ello, fuera a ganar el concurso de quien destruye más en menos minutos. La fauna sufre lo que no está en los escritos. El otro día me emocionó una imagen en televisión: un pobre corzo al que un bombero le daba agua en una botella de plástico y el chamuscado corcino bebía ávidamente. Era más la necesidad que tenía de refrescarse por dentro que el ancestral temor que estos animales tienen del hombre.

Mientras nuestros bosques padezcan el singular abandono que padecen y las sequías sean tan acentuadas, los incendios irán a más.

Señores políticos, recuerden que los incendios forestales hay que prevenirlos en invierno, de momento, haciendo que un cortafuegos sirva para lo que su nombre indica.

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