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Adiós a las armas

Estreno frustrante

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Carmelo sonreía, irradiaba felicidad hace diez días tras obtener las llaves de su nuevo piso de protección oficial en Maó, adaptado a la discapacidad física con la que convive, y por el que ha esperado durante 21 años. Mostraba el inmueble con la satisfacción indisimulable de quien sabe que la perseverancia tiene recompensa también en la burocracia administrativa.

Esa sonrisa, sin embargo, se torció al día siguiente, como la de todos los vecinos que habían recepcionado las viviendas en un acto público donde no faltaron las instantáneas de los cargos públicos, tan risueños y orgullosos como los propios inquilinos.

No les faltaba razón para que la euforia inicial se hubiera transformado en pesadumbre. Los pisos se entregaron sin luz ni agua caliente y aún con defectos propios de un final de obra que no está ultimada como debiera. Aquellos que pretendían estrenarlo en cuanto hubieran hecho la mudanza, no saben cuándo podrán instalarse o deberán hacerlo en precario. Mientras tanto suben como pueden por las escaleras todos sus muebles y enseres en una imagen que contrasta con la nueva edificación. Los ascensores tampoco funcionaban.

La rapidez por cortar la cinta y entregar las llaves a los nuevos arrendatarios deseosos de estrenarlos no debería justificar esta componenda frustrante, por más que el Ibavi se defienda diciendo que los entrega cuando son habitables y que ese es el procedimiento habitual hasta que se colocan los contadores 10 o 15 días después. Dudoso concepto de habitabilidad es entrar a vivir en un piso sin luz ni agua.

Aplicar soluciones al problema estructural de la vivienda invirtiendo en promociones públicas es una gran respuesta. Pero desde su anuncio y la colocación de la primera piedra hasta que se produce la entrega a los beneficiarios pasan muchas cosas y muchos años. En ese caso lo mínimo que debería exigirse es que el día señalado sea el definitivo y no parezca el motivo apresurado para una fotografía. Carmelo sube las escaleras con extrema dificultad apoyado en sus muletas, como hacía hasta ahora en su vieja casa. No puede ser.

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