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El año nuevo

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El año nuevo, en puridad, no es otra cosa que la continuación del año que estadísticamente ha finiquitado el calendario por el que nos regimos, porque los problemas no se acaban al acabar el año. El año nuevo es también el momentazo que nos da pie a la promesa tantas veces incumplida: ¡voy a dejar de fumar! cuando ciertamente para dejar de fumar nada hay más eficaz que no volver a fumar, el resto no son más que excusas de mal pagador.

Con el año nuevo viene de la mano «la cuesta de enero» que no es otra cosa que las consecuencias de los excesos que hemos hecho en las pasadas fechas navideñas donde comemos sin hambre y bebemos sin sed y además abusamos de lo que ya es un clásico en nuestras mesas navideñas, comer marisco hasta que el marisco nos salga por las orejas, turrones, champanes y licores que por esas fechas se ponee por las nubes y peor aun, en un año que todo está por encima de lo que debería incluso productos humildes y cotidianos. Diríase que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid todo ha subido una auténtica burrada. No se me alcanza que la guerra de Ucrania sea el motivo real para que todo suba tanto. Creo que algunos han tenido presente la oportunidad para subir los precios al rebufo de un lamentable problema bélico por más que en algunos casos, colateralmente sí que ha tenido causa- efecto el conflicto ucranio-ruso. Con todo, me contaba mi hija que estuvo la noche del 16 de cena navideña con el profesorado donde ella da clases, que se las vieron y desearon para encontrar un restaurante. Papá, estaba todo «petao», no cabía un alfiler y la cena «derrián, derrián», nos cobraron una pasta con la que habría yo cenado muy ricamente en cualquier local alejado de la marabunta festiva y ansiosa de las navidades.

Recuerdo que hace años por esas fechas prenavideñas iba a cenar con María y sus compis de oficina al Castellubide, un restaurante muy ducho en pescados y mariscos que está situado a la salida de Madrid, dirección Galicia. Un rape de ración por comensal que había dado todo lo bueno que puede dar, cocinado sobre ascuas de tronco de encina con un ajo fileteado por encima, custodiado de media docena de almejas y unas lágrimas de crema de oricio, un vino blanco con un toque de aguja tipo «pescador». María es más clásica y no perdonaba unas cocochas a la vasca. Lo que no recuerdo es si eran de bacalao o merluza, plato que en todo caso a mí siempre se me figura gelatinoso, como si resbalase entre caninos y molares.

Ahora está adueñándose de estas cenas prenavideñas el menú con nombres grandilocuentes: «langostinos con salsa de ostras del Cantábrico», «polarda trufada con trufa de perigort con toque de castañas confitadas al armagnac de la gascogne»... después de tanta literatura de la gastronomía festiva el personal coge confianza y acaban enrollándose la corbata por la cabeza y es cuando ya no distinguen de dónde procede el whisky que le han dicho que era un escocés de nacimiento siendo en realidad un brebaje de un inmundo garrafón que los disfrazan con la categoría que da una buena botella y acaban sin enterarse que está consumiendo gato por liebre. Estos días la rapiña hace su agosto. Siempre hay restaurantes honrados pero no escasean los que no lo son tanto.

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