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Rapsodias modernas

La liga de los humildes

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La evolución del término «progre» ha experimentado transformaciones significativas a lo largo del tiempo. Originalmente asociado con progresismo y avances sociales, hoy en día, algunos argumentamos que ciertos sectores progresistas han adoptado actitudes dogmáticas y excluyentes, generando una percepción de «rancio».

Un curioso paralelismo con las perspectivas divergentes dentro del progresismo se puede encontrar en el día en que Jean Nouvel bautizó su edificio como «Las Boas». Este acto podría interpretarse como una promesa, reminiscente del reptil que estrangula hasta matar a su presa, bien perfumada. Hoy me atrevo con una receta, ya que para algunos, la verdadera iluminación no proviene de nombres extravagantes, sino de profesiones cotidianas como la del electricista, que tiene la capacidad real de iluminar la vida común, sobre todo cuando más se necesita, que es por la noche.

Desde la óptica de aquellos que nos identificamos como gente prosaica de a pie, el arte de fluir no se encuentra en expresiones abstractas, sino en elementos cotidianos como el grifo de cocina mono-mando con dos posiciones: eco y normal. Leía en el embalaje del grifo que he comprado online: «El arte de fluir», como si lo hubiera fabricado el mismísimo Jodorowsky.

¿Es así en la cotidianidad que se entrelaza con la búsqueda de significado, donde me tengo que plantear preguntas sobre la autenticidad del progresismo y sus manifestaciones en la vida diaria?

La excesiva politización y la intolerancia hacia opiniones divergentes pueden enturbiar la verdadera intención de la progresión social, generando un ambiente que algunos percibimos como «rancio».

Algunos que estamos desesperados por ser queridos, nos tomamos cada palabra en serio, desde un simple «gilipollas» hasta un elogio de «guapo». Es una travesía personal donde la costumbre se transforma en necesidad, y la búsqueda de validación se convierte en una jodida odisea. En este enjambre de significados, surge una pregunta crucial: ¿la politización excesiva y la intolerancia hacia opiniones divergentes oscurecen la verdadera intención de la progresión social? ¿O es acaso el reflejo de una sociedad que se ha sumergido demasiado en la «etiqueta», tomando cada palabra como una corriente que puede ahogar la autenticidad?

Así, entre el progresismo que se torna rancio y la desesperación por aceptación que se toma demasiado en serio, buceamos en las aguas de la cotidianidad y la búsqueda de significado. Ojalá se encuentre un equilibrio, donde el progresismo sea auténtico y las palabras, en lugar de ahogarnos, nos permitan flotar en el entendimiento mutuo. ¡Feliz 2024!

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