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El dos por ciento contratante de la segunda parte

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Cualquiera que se haya visto en la tesitura de tener que manejar más allá de cien euros entiende perfectamente en qué consiste el hecho de tener un presupuesto: un pequeño plan, por simple que sea, de cómo piensa gastarlos. Si además tiene unas ligeras nociones de matemáticas podrá contabilizar su dinero en tantos por ciento sin mayor problema y podrá decirse a sí mismo, con ese puntillo de satisfacción que proporcionan las cuentas bien hechas, que al asignar dos euros a una adquisición gastará, o invertirá, un dos por ciento de su presupuesto, tal y como lo tenía planeado.

Parece simple. Pero si pone los cien euros en un bote y va metiéndole la mano según sus necesidades, urgencias o caprichos, no actuará necesariamente mal, pero desde luego no estará teniendo en cuenta ningún presupuesto. Estará, lisa y llanamente, gastándose cien euros, bendito él. Si, y empecemos a complicar un poco el caso, los cien euros no son de su exclusiva propiedad sino que pertenecen a un grupo cualquiera que los ha reunido con un cierto propósito y que comparte gastos concretos, ya no estará tan bendito al meter la mano en el bote y retirar una parte o el total. Estará estafando a los miembros de ese grupo.

El hecho de que esos cien euros aportados entre todos deban ser gastados en cuestiones más o menos útiles para el individuo, en su salud, educación, seguridad o emergencia de turno, no le eximirá de tener que dar explicaciones al grupo propietario sobre la ligereza de sus dedos. Desde luego, argumentar que sus mejores amigos utilizan más de un dos por ciento en salir por ahí no le resultará el mejor de los pretextos para justificar sus cuentas, como tampoco lo será el andar chismorreando sobre las ideas y comportamientos de los otros dueños del dinero. Lo mínimo que se le debería exigir, lo mínimo, sería que plantease por adelantado sus necesidades y requerimientos y se sometiese a una decisión común.

Ahora bien, si esos cien euros simplemente estuvieran ahí en la caja y fueran a volver a estar nuevecitos el mes que viene y el otro, como una suerte de «piel de zapa», nuestro protagonista se censuraría el no ir retirando tantos por cientos o verdaderas mordidas para «movilizarlos» según sus conveniencias. Por supuesto, consideraría una estúpida pérdida de tiempo andar por ahí dando explicaciones sobre el destino de unos fondos mágicos y sin dueño.

La profunda irresponsabilidad de no presentar unos presupuestos generales para un estado y vivir prorrogando anteriores, solo resulta posible para quien practica la tremenda frivolidad de ir por el mundo prometiendo tantos por ciento de un presupuesto no establecido. Resulta irrelevante que ese dos por ciento contratante se pretenda utilizar en seguridad, defensa o destrucción: ya han empezado a resultar letales para los sistemas democráticos.     

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