Imposible imaginar el mundo sin publicidad. Nada funcionaría, ni la política, ni la economía, ni la prensa libre. Quizá estaríamos todos muertos, como en el cielo o el infierno. O tumbados sobre un jergón, inapetentes y abúlicos, sin saber qué hacer. Y pese a ello, es un invento bastante reciente, que nos atrevemos a fechar, luego explicaré por qué, en 1953. No es que antes, miles de años antes, no existiesen formas primitivas de propaganda, gentes alardeando de sus virtudes y sus productos, así como diversas instituciones (monarquías, naciones, la Iglesia, los traficantes de esclavos) dedicados a la constante publicidad de sí mismos, tarea para la que contaban con la aportación espontánea de numerosos escritores y poetas que hoy en día llamamos clásicos.
Pero no era auténtica publicidad, seria y profesional, científica. Eran más bien fanfarronadas, patrióticas o religiosas, un intento muy generalizado de destacar y de arrimar cada cual el ascua a su sardina, ya que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Algunos citan a Joseph Goebbels, ministro de Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich como pionero del invento, y otros se remontan a Robespierre, pero aquí no estamos hablando de monstruos, sino de publicidad monda y lironda, el motor que mueve el mundo. Cosa que sabemos desde que en 1953 Frederik Pohl, escritor de ciencia ficción, publicó la famosa novela Mercaderes del espacio, describiendo una sociedad distópica (la actual) en la que el sistema económico había engullido al político, y las grandes agencias de publicidad dominaban ese sistema. Manifestarse en contra era terrorismo y sabotaje. Y si no recuerdo mal, habían urdido un tal Proyecto Venus, destinado a recaudar fondos y reclutar colonos, que mira por dónde se parecía mucho a las idioteces de Elon Musk sobre Marte. Fechar en 1953 el invento de la publicidad, el mayor invento humano, no es arbitrario. Es un homenaje publicitario, porque esa novela las acertó todas. El mundo ya es inimaginable sin publicidad. No habría gobiernos, ni política, ni economía, ni deportes, ni arte, ni noticias, ni elecciones democráticas. ¡Ni internet! No tendríamos ni un jergón donde tumbarnos.