El color es muy importante, a menos que seas daltónico. Nos predispone a sensaciones y sobre todo genera prejuicios. Fíjese que la clase política intenta, de manera permanente, apoderarse de un color para diferenciarse de sus adversarios y consolidarse en el espectro ideológico. La oferta va desde la derecha azul a la roja izquierda, pasando por la extrema derecha que se ha pintado de verde mientras la extrema izquierda se ha refugiado en el morado, dejando, eso sí, un huequecito al rosadito para su apéndice. Recuerde que también, un partido que se llamaba Ciudadanos, se quiso quedar con el naranja, mientras los independentistas catalanes tiraban del amarillo, que no suele dar mucha suerte. Después, la gestión política del día a día, que no es un camino de rosas, se llena también de colorinchis. Fíjese como la izquierda quiere un país cada vez más verde y se acaba comiendo un marrón por llevar el país a negro, por lo del apagón digo. El Gobierno parece haberse quedado en blanco a la hora de buscar de quién es la culpa, cosa que aprovecha la oposición para sacarle los colores y ponerse morada. Feijóo quiere ser el príncipe azul que ponga el país de punta en blanco, aunque puede que esté un poco verde. Y colorín colorado, este artículo se ha acabado.
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