Hace mucho que las cuestiones espirituales no forman parte de la agenda diaria de casi nadie. Seguramente es una muestra del desarrollo social y tecnológico que nos aleja de lo que el ser humano ha sido siempre, alguien atemorizado ante el apabullante poder destructor y creador de la Naturaleza. Por eso me choca que a estas alturas se decida sacar de su tumba a Teresa de Jesús para exponer su cadáver a los ojos de todo el que la quiera ver. Cuando recorrí los pasillos subterráneos de las catacumbas de los capuchinos de Palermo, donde ‘descansan’ unos ocho mil cuerpos, la sensación fue contradictoria. Fascinante, por un lado, porque aquello era como retroceder doscientos años en la historia. Aterradora, por otro, porque era lo más parecido a un viaje a los infiernos. Aquellos miles de cadáveres habían pertenecido a personas que, sin embargo, hacía mucho que ya no estaban allí. Y esa es la clave. Los cristianos creen en la existencia del alma y en su condición de eterna. Creen, también, en la resurrección. Teresa de Jesús es una de las santas más notables de la cristiandad y es del todo lógico que se venere su obra y su legado. Pero ¿sus huesos? ¿Los escasos jirones de piel que aún los cubren? ¿Las cuencas vacías de sus ojos? No le encuentro ningún sentido que no sea aterrorizar a los niños que vayan a visitarlos. Si tus creencias dicen que el alma se desprende del cuerpo en el momento de la muerte y que esta se eleva a los cielos… pues ya está. Lo que debes hacer es rezar para que tenga un buen viaje y dejar en paz los despojos. Hablar, como hizo la alcaldesa de Alba de Tormes, de «presencia espiritual» solo demuestra su absoluta ignorancia, porque lo único que hay ahí es un viejo esqueleto.
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