En septiembre de 2023 Benjamín Netanyahu estaba contra las cuerdas. Con continuas protestas en las calles y un índice de popularidad en el sótano. Por aquellos días las agencias de inteligencia egipcia y norteamericana advirtieron a Israel que se estaba gestando, desde hacía meses, una operación a gran escala de Hamás. El Mosad, evidentemente, tenía la misma información. Sin embargo, el gobierno desoyó las múltiples señales que pronosticaban el ataque. ¿Por qué? Netanyahu pensó que el sacrificio de algunos conciudadanos (quizá no calibró la magnitud del asalto terrorista) era el precio para perpetuarse en el poder: legitimaría una guerra de victoria fácil y con la venganza, cruenta, recuperaría credibilidad y liderazgo. Más que guerra ha sido una carnicería. Sin apenas resistencia. Luego, las uvas de la ira. Ha continuado la masacre: además de asesinar a 50.000 civiles, ha destruido completamente Gaza y está matando de hambre a toda la población. Un auténtico genocidio. Así actúan los salvapatrias. Y lo peor, el silencio de la comunidad internacional.
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