Nunca me he fiado de esas amistades repentinas que, de la nada, se convierten en una lapa que te sigue a todas partes y se toma unas confianzas que nunca le has dado. Yo creo que la amistad, como el amor, se forja a base de tiempo, pruebas y profundidad. Lo otro son conocidos, amiguetes, colegas, que a la primera de cambio desaparecen. E incluso, si son gentuza, te ponen verde a tus espaldas. Es lo que está ocurriendo con Elon Musk, que ha roto airado su relación con el presidente más poderoso del mundo, Donald Trump, cuando ha visto que los intereses de uno y de otro van por caminos diferentes. Esas confianzas de meterse en el Despacho Oval con el crío mocoso sobre los hombros, el viajar juntos a todas horas, el relamerse el culo el uno al otro cuando en realidad son poco más que dos desconocidos que sacan tajada mutua, olía un poco mal. Nadie sabe cómo acabará esto; en ese lenguaje pueril que le caracteriza, Trump confesó sentirse decepcionado. Hombre, a nadie le gusta que le lancen críticas afiladas a la jeta. Pero seguramente su decepción habrá dado paso a la furia, cuando su antaño bestie ha empezado a lanzar denuncias de barriobajero que colocan al presidente en un lugar comprometido. El sudafricano no ha tardado más que unas horas –mientras veía cómo se volatilizaban las prometidas ayudas públicas al coche eléctrico– en soltar «la bomba»: Trump es uno de los personajes que figuran en las listas del pederasta Jeffrey Epstein. Un espectáculo lamentable, que en otros tiempos se habría dirimido en un bar y hoy nos ofrecen 24/7 en las redes sociales. Como show de entretenimiento no está mal, pero ojo, que esta gente está en la cumbre del mundo y puede hacernos daño a todos.
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