A lo largo de un día cualquiera, el trabajo habrá salido en la conversación: que si es difícil encontrar empleo; que si son muchas horas por poco dinero; que si mi oficio está bien o mal considerado por mis vecinos y amigos; que si quiero que mis hijos estudien para acceder a un buen empleo… una lista interminable. Es natural, porque el trabajo -o la falta de él- suele ocupar el grueso de nuestra jornada. Pero ¿para qué sirve el trabajo? Solemos decir que cumple tres funciones: nos da de comer, nos integra en una comunidad y nos permite desarrollar nuestra capacidad creadora, nuestras aptitudes y aficiones naturales. Nada que decir hoy de las dos primeras: sabemos lo que es un sueldo y cómo son nuestros compañeros de trabajo. Pero no solemos prestar demasiada atención a la tercera. Mi trabajo ¿me permite desarrollar mis talentos, recrearme en aquello que hago bien hasta alcanzar la excelencia, me permite seguir aprendiendo? En resumen ¿me hace más competente a la vez que más feliz?
Un buen amigo mío es fontanero y electricista. Nuestra amistad nace de los muchos años en que ha venido resolviendo los múltiples y diversos problemas que toda casa presenta. Me contó que él de joven no quiso estudiar, pero que pronto se dio cuenta de que su trabajo le exigía un aprendizaje constante; de modo que, cursillo tras cursillo y módulo tras módulo, ha llegado a ser capaz de construir, manejar y reparar instalaciones complejas. Cuando viene a casa sigo sus pasos con admiración: veo que sabe cómo los años pasados a la intemperie cambian una instalación reluciente en un amasijo de tubos y tuercas oxidados y mide sus fuerzas para desatascar sin romper. Esa interacción entre la mano y el cerebro, que se enseñan el uno al otro, parece algo extraordinario a quien, como yo, solo sabe manejar el bolígrafo.
No todo son flores: la avería suele estar a ras de suelo, lo que obliga a trabajar tumbado; o en el tejado, lo que hace necesario el uso de una escalera; como la estética obliga a ocultar las entrañas de las instalaciones a la vista de los usuarios, hay que tener imaginación y paciencia para dar con un acceso a la fuga. La instalación puede estar a la intemperie, a pleno sol o bajo la lluvia. No todo es de color de rosa. Pero el trabajo de mi amigo tiene grandes cualidades: es una actividad física y mental a la vez; le permite, dentro de ciertos límites, marcar su propio ritmo de trabajo; y -lo más importante- su tarea tiene un propósito bien definido -arreglar lo que no marcha- y el resultado, positivo o no, es visible de inmediato. Estas dos cualidades, propósito y resultado, son la esencia de un trabajo anímicamente saludable.
Todos los oficios tradicionales -albañil, carpintero, herrero, pero también cocinero y panadero, payés y pescador- poseen esas cualidades, en proporciones variables. Pero una mirada en derredor sugiere que esos oficios están en minoría, cuando no en regresión. Entre los empleos que se crean nos tropezamos a menudo con títulos cuya función no acertamos a adivinar: coordinadores, facilitadores, intermediarios, expertos, consultores, asistentes… el antropólogo anglosajón David Graeber los llamó «trabajos absurdos» (bullshit jobs), porque, al preguntar a quienes los desempeñaban, ellos mismos le decían que no sabían para qué servían, e incluso que no servían para nada. No daré aquí posibles ejemplos por no ofender a nadie.
Quizá sea un trabajo absurdo el destino de quienes resulten desplazados por la inteligencia artificial o la digitalización. No lo sabemos. Habría que evitarlo, porque los hechos indican que el trabajo absurdo tiene consecuencias negativas para la salud física y mental de quien lo desempeña. Y lo que sí podemos hacer es poner de relieve las bondades de los buenos trabajos. Esos trabajos están más a salvo de los adelantos tecnológicos que otros que requieren una educación superior. Es tal la complejidad de un oficio como el de mi amigo, la diversidad de situaciones que encuentra es tan grande, que si fuera remotamente posible sustituirlo por robots, estos serían demasiado caros para un lugar como Menorca. Y deberíamos dignificar esos oficios, darles buenas herramientas que les ayuden en lugar de máquinas a las que hayan de servir en una fábrica. Cada vez que se me estropea un grifo recuerdo que un buen fontanero es mucho más indispensable que un profesor.