Venga, veamos... Viernes 15 de agosto. Son las siete de la mañana y !fa un estar d’àngels! El silencio se une al lascivo frescor de la madrugada mientras Ronnie y Angie, nuestros compañeros, ya exigen su desayuno. Al tiempo detecto un virus en mi móvil. Todo perfecto. Pienso que estar jubilado y de vacaciones a la vez, es tremendo. Es vivir en un nirvana de cinco estrellas de forma permanente. Y eso nos decide romper la maldición veraniega que nos persigue desde hace ya varios años: no poder ir a la playa. Pero hoy sí iremos. ¡Al fin!
Y ya puestos, cogemos es tapinet i ses eines y nos vamos a ‘Binisafua’. Conduciendo desde Sant Climent nos hemos encontrado con una carretera atestada con un total de 6 coches, uno de los cuales estaba girado en vertical y con los bajos al aire, en la cuneta, no lejos del cruce con la carretera de Es Canutells. Inicialmente pensé: curiosa manera de aparcar. Pero, sin bromas, debió ser un accidente terrible. Esperemos que sin consecuencias irremediables.
Al llegar a la playa contamos una masificación total de 8 personas. Aprendo de una vez que la mejor forma de regresar al pasado es levantarse temprano y ser de los primeros en llegar a una playa. Aparcamos ahí al lado sin problemas y en tres minutos ya pisamos la arena. Solo llegar recuerdo la extasiante portada del libro de Susana Gallardo «Secret houses – Living in Menorca». Y sí, me siento en la playa más lujosa del mundo. Todo es paz, amor y fantasía. Y belleza deslumbrante. Desde el borde del mar solo se ven ses casetes históricas del lugar, sus cuevas-magatzens y una vegetación al límite. Las tèquines, lanchitas de goma y llaüts están en perfecta alineación. Las boyas marcan los espacios. Todo cuadra, todo a medida humana, todo se complementa. El silencio y la calma emocionan. Sobre el muelle hay un pequeño retén de clientes habituales del lugar que intercambian impresiones mañaneras. Lo hacen en tono bajo porque nadie osa romper el estado de gracia que nos rodea. Todas son gentes locales con algún aditamento con decenas de años de residencia en la Isla.
Busco la palabra para describir el momento. Creo encontrarla en ‘armonía’. Sí, experimentamos un estado de general satisfacción con la vida, con la naturaleza y con la paz de una naturaleza en calma. Me adentro en el mar y rápidamente me rodean las piernas un cardumen de serranillos y doncellas. También me visita un amable esparrall quién casi se empeña en rozarme la pierna supongo que en prueba de amistad. El agua está tan transparente que veo todos sus movimientos perfectamente. Le deseo una feliz jornada. Decido que tendré que ir a poner un ciri a Gràcia por haberme permitido vivir tanta belleza y tanta lujuria estética.
Salgo del agua y me siento sobre una roca. Sigue el silencio aunque ahora, a las 9.30 de la mañana, ya somos 16 personas en la playa. Miro hacia el mar, hacia el sur (como hacía Miguel Ríos cuando aún se llamaba Mike y miraba a Granada) y pienso ‘ahí está África’. Sí, al otro lado del mar está nuestro ‘Alger’. A 196 millas de Menorca. Entonces es cuando me imagino estar en Fort de L’Eau. Es el año 1850. He llegado en barco desde el puerto de Mahón, mi puerto. En mi isla no hay trabajo y, como muchos otros ya hicieron antes, he decidido que no quiero morirme de hambre ni puedo permitir que mi familia lo haga. He tenido que huir de mi tierra en busca de comida, que es en el fondo lo que hacen todos los emigrantes: buscar comida.
Menorca tiene una larga tradición de emigrantes que se tuvieron que ir de la isla para poder sobrevivir. Un somero resumen: los primeros recordados son los del siglo XVIII que llegaron a Nueva Smyrna en La Florida y también los que emigraron entonces a Gibraltar. A mitad del siglo XIX casi 10.000 menorquines se fueron a Argel. Varios centenares de ciutadellencs emigraron a Córdoba (Argentina) hacia 1886. Otros varios centenares formaron parte de la Brigada Europea de Nueva Orleans en la guerra civil norteamericana (del lado confederado). Después de la guerra civil española, 450 republicanos huyeron (en lo que fue, claro, una emigración forzada) a bordo del «HMS Devonshire» con destino Marsella y otros 75 lo hicieron a bordo de la goleta «Carmen Picó» hacia Argel (y 5 con el Dragaminas D-181).
En los años sesenta también hubo emigración puntual a Alemania y a otros países europeos. Y hoy, en fin, mientras los jóvenes menorquines más formados se van en busca de las oportunidades que no encuentran aquí, la isla se repuebla de bona gent sudamericana y marroquí. Me pregunto cómo lo explicaría hoy un nuevo Muntaner, el cronista que la lio con sus crónicas cuando la conquista de la Corona de Aragón en 1287.
Notas:
1- ¿Por qué Menorca no recibe pateras? ¿Tiene algo que ver el GOB en eso?
2- Un amigo me asegura que «tienen más piscinas los catalanes en Fornells que todos los franceses en la Isla».
3- Tras 7 años de sanchismo: el 52 % de los jóvenes menores de 34 años se ven obligados a compartir piso. ¿Será por eso que votan a Vox?
4- Felicidades a Carlos Mascaró por su magnífico nuevo cuadro «Bailarines». Simplemente extraordinario. Menorca tiene un artista de nivel mundial y muchos aún lo ignoran. Mina le cantaría... ¡Sei grande, grande, grande!
5- Impresionante donación de Laura Barbat a la Isla del Rey: una tremenda y maravillosa colección de mapas y grabados del Puerto de Mahón. Una de las mayores que existen en el mundo, sino la que más. La cesión se gestó en un acto de Iniciativa por Mahón. Gracias, Laura.