Siete mesas vacías una noche de agosto pese a haber sido reservadas. Ese fue el punto de inflexión, como relata un restaurador, para que decidiera empezar a solicitar a los potenciales clientes su tarjeta de crédito al reservar para que, en caso de no comparecer, se le aplicara una penalización de 20 euros por persona. Y cuando algo escuece el bolsillo, la responsabilidad aparece.
Es increíble que haya gente con tanta cara como para reservar en varios sitios a la vez o que decida pasar de la mesa que concertó porque se queda a ver la puesta de sol, y ni se digne a avisar. Por lo menos la tecnología permite cierto control para evitar las pérdidas económicas y la frustración que esta práctica genera. Cuando la descortesía y el ‘yo primero’ son la norma, hay que tomar medidas. Me pregunto por qué no se puede controlar esta práctica en otros ámbitos, acabar con las citas fantasma por ejemplo en la sanidad pública.
Este verano algunos centros y unidades de salud de la Isla están registrando una media de 12 o 14 días para lograr una visita con el médico de cabecera (imprescindible acudir, por ejemplo, para tramitar una baja laboral); si la espera es imposible no queda otra que ir a Urgencias y contribuir a su colapso. Pues bien, no solo se debe al déficit ya crónico de profesionales y al aumento de población en verano, sino que muchas veces y aunque parezca que con la salud no se juega, es consecuencia también de esas citas fantasma, algo que satura las agendas y deja fuera a muchos pacientes, mientras otros no van y tampoco cancelan.
En julio el IB-Salut dio cifras sobre este problema: más de 325.000 pacientes plantaron al médico en lo que va de año, 255.750 personas no acudieron a su cita con su médico de Atención Primaria y 69.770 no fueron al especialista cuando les correspondía. El ‘no show’ sanitario nos cuesta dinero y salud a todos, ¿hay que aplicar también recargo para que lo valoremos?