Cuando refresque un poco y el clima sea favorable, creo que empezaré a salir a caminar cada día. No me queda más remedio: el médico me lo ha prescrito. Menuda pereza. No es que no me guste, pero soy más bien de dar un corto y agradable paseo no demasiado lejos de casa. A veces llego hasta el mar, con lo que el paseo mejora. Pero ahora lo de dar un paseo prácticamente no se lleva. Cuesta encontrarte con alguien que pasee porque sí. Y me pregunto: ¿ha quedado algo en nuestros días del noble arte de caminar? Lo dudo mucho. Es verdad que mucha gente sale a caminar, pero en unas condiciones muy distintas. Para empezar, la gente que camina suele llevar ropa deportiva, adecuada para hacer ejercicio.
También un calzado especial, bastante feo pero cómodo y funcional. Y, sobre todo, lleva en la muñeca una pulsera medidora de pasos, muy útil y a veces sofisticada. Estas pulseras, además de controlar los pasos, también pueden registrar calorías y peso, tomar la tensión, cuantificar el sueño y establecer metas diarias. No me puedo imaginar, por ejemplo, a una señorita de principios del siglo XX dando un paseo sin sus enaguas y un sombrerito. Es porque antaño un paseo era una bendición, sin más propósito que respirar aire puro y socializar con los demás paseantes. Algo totalmente obsoleto, en realidad. Cada cierto tiempo se pone de moda algo nuevo. Hasta hace unos días la recomendación era de 10.000 pasos diarios. Muchos, me parecen.
Pero últimamente se está poniendo de moda otra forma de caminar: la marcha japonesa. Por lo visto lo importante no es caminar mucho, sino caminar bien, alternando los pasos ligeros con unos minutos de esfuerzo -tres minutos de caminata lenta y tres minutos de caminata rápida-, de manera que 7.500 pasos ya son suficientes. Todo lo hacemos con prisas y con una finalidad determinada (perder peso, generalmente), pero, ¿dónde están esos paseos que inspiraron a Thoreau o a Robert Walser, cuando caminar era sinónimo de reflexión y de pasar de la literatura a la vida?