No puede existir una persona en la faz de la tierra que se muestre indiferente a las imágenes de la barbarie que llegan a diario desde Gaza. Si no es un genocidio, la matanza indiscriminada de civiles y niños parece contemplar el propósito de una eliminación sistemática de la población palestina en un nuevo capítulo del histórico conflicto territorial y religioso con Israel.
La motivación del gobierno hebreo, acabar con los terroristas de Hamás, no puede justificar una reacción tan atroz como la que protagoniza, y el mundo tendría que detenerla.
Esa realidad admitida con matizaciones por la derecha española frente al uso que hace de ella el gobierno causa cierta repugnancia porque da la sensación que unos y otros parecen andar más preocupados por contentar a sus votantes que por los niños asesinados en la franja.
Si el Ejecutivo hubiese actuado con la misma determinación contra los regímenes dictatoriales de Venezuela, Cuba o se hubiese preocupado por el futuro del pueblo saharaui, por ejemplo, la posición delantera que ahora toma contra esta brutalidad tendría mucho más sentido.
Las arengas de presidente y ministros para que la masa reviente un evento deportivo con peligro para los profesionales ciclistas, o la decisión de retirar a España de Eurovisión si Israel participa en 2026 coinciden en el tiempo con los casos de escándalo que salpican a Pedro Sánchez. Tratándose de quien se trata, es inevitable no asociar este protagonismo contra Israel con el deseo de desviar la atención de la actualidad incómoda con la que convive. No debe olvidarse que el mismo presidente acusador de los israelíes es quien da el pésame a Otegi cuando se suicida un etarra. Tiene poco crédito.