En la Unión Europea tenemos 27 ministros de Exteriores y una jefa de la diplomacia comunitaria, Kaja Kallas, a los que rara vez se les oye hablar de diálogo o negociación cuando se afrontan problemas graves entre países. Bien al contrario, desde Bruselas el único lenguaje que emplean es beligerante, de desprecio al otro. Hace más de tres años y medio que en el viejo continente resuenan las bombas y miles de familias han quedado rotas y hundidas en el dolor. De eso nadie nos habla. El loco de Volodímir Zelenski, emperrado en sacrificar como carne de cañón a una generación entera de compatriotas mientras él se pasea de palacio en palacio para mendigar fondos y un papel en la escena internacional, ya no sabe de dónde sacar chicos para inmolar en el frente. Al inicio de la guerra la movilización militar obligaba a sacar de sus casas y convertir en picadillo a los hombres de 27 a 60 años. Hace poco redujo la edad a los 25 años porque el enorme frente de más de mil kilómetros no deja de arrojar muertos y mutilados. Imaginen una línea de guerra que recorra la península Ibérica de norte a sur. Aún más grande es la que debe defender el limitado Ejército ucraniano frente a la máquina de guerra rusa. Ante la desesperada situación, muchos ciudadanos del país han huido al extranjero, otros tantos desertan y el Ministerio de Defensa se apresura a mejorar la oferta para captar voluntarios de 18 a 24 años. Casi tres mil dólares al mes y una bonificación de 24.000 para quien se preste a morir bajo el poder combativo de Vladímir Putin. Un suicidio al que invita la casa. Y arriba, en las altas esferas, no se escucha ni una palabra sobre sentarse a una mesa de negociación y parar de una vez esta locura.
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